EL OSCURO MUNDO DE UNA NUEZ, NOVELA DE NICOLÁS DEL HIERRO.
Luis García Pérez

La obra que nos ocupa fue escrita allá por la década de los setenta y presentada al Premio Planeta con el título de Los pájaros negros, bajo el seudónimo de Juan Palomo. La novela estuvo seleccionada entre las finalistas del Planeta en su edición de 1.976 y desde entonces permanecía inédita, esperando alguna ocasión para ver la luz, cosa que ha sucedido recientemente en Ediciones Llanura bajo el patrocinio de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha.

Espacialmente la novela discurre en un ambiente rural bien conocido por el autor. Por las referencias citadas en la novela, el escenario se concreta en un pueblo que bien podría ser el lugar donde trascurrió la infancia del autor. Aunque no hay nombres de lugares concretos demasiado explícitos- sólo se cita en una ocasión el río Bullaque- el escritor tiene un perfecto conocimiento de los escenarios en los que sitúa la acción y de las costumbres que ambientan y dan vida al relato.

La obra comienza con el fallecimiento de Anastasia, la madre del protagonista que queda huérfano de madre con sólo diez años. El día del velatorio, dos mujeres del lugar hacen un comentario delante del niño sobre la posibilidad de que el padre le dé a Juan una madrastra. Este pensamiento va a ser determinante en el modo de ser y de obrar del pequeño, dominado en todo momento por la obsesión enfermiza de que el padre vuelva a contraer nuevas nupcias y tenga que convivir con otra mujer a la que no sólo considera una intrusa, sino una auténtica enemiga. El chico vive sumergido en un mundo de pesadillas y de celos que en ningún momento encuentran justificación. Estos temores se manifiestan en todo instante y condicionan el mundo del muchacho, poseído por un miedo patológico que no es capaz de vencer. El pensamiento en su cerebro se manifiesta en la visión de toda clase de pájaros de mal agüero que le sumergen en terribles pesadillas y arrebatos de celos, sin que el padre ni las demás personas del medio en que viven le den motivo para desarrollar esas fobias invencibles.

Este hilo conductor de la introversión de Juan, da pie al autor para plasmar en la novela toda la vida de un pueblo, todo el costumbrismo rural, con las tareas del campo: la sementera, la recogida de la aceituna, la caza nocturna de un jabalí o el parto de una vaca. Hay una velada censura de ciertos convencionalismos rurales, como el riguroso luto por el difunto, la hipocresía en la expresión de los sentimientos y sobre todo las murmuraciones y cotilleos tan típicas de un lugar donde toda la gente se conoce y vive pendiente de sus vecinos. Nicolás traduce con maestría todo el ambiente, desde el mundo de la prostitución hasta las veladas al fresco en las noches de verano o la ronda de los mozos a la puerta de la joven de sus sueños. Es el narrador omnisciente que domina todos los hilos del relato con una prosa ágil que nunca se pierde en digresiones inútiles. La voz narrativa se ciñe a la visión del mundo de cada personaje que queda retratado con pinceladas concretas. Sólo cuando es necesario, el autor cede la palabra a sus personajes que se mueven en un clima de lucha por la supervivencia. Apenas existen referencias ajenas a la vida rural campesina que va mudando el paisaje a lo largo de las estaciones.

Juan es siempre el desencadenante de los conflictos, por ese mundo hostil y cerrado incapaz de dar a conocer a los demás. Su relación con el padre- con el que duerme a diario- está condicionada por los celos, de una potencial madrastra e incluso porque el padre pueda pensar en un desahogo sexual como se respira en el estanco donde Juan entra a trabajar con apenas once años. Sólo al final, con el noviazgo de la hermana, parece despejarse un poco el mundo de las obsesiones del hermano, cuya psicología queda reflejada con rasgos esquizoides por la prosa de Nicolás que nos trasmite un microcosmos de indudable factura que engancha al lector desde el primer momento.