COMO UNA ALEGORÍA DE LOS SUEÑOS
la ciudad es hilera de luciérnagas
y los hombres marchamos por las calles
masticando las horas, y llevamos
un hatillo de luz donde se alojan
la obstinación de todos nuestros sueños.
y un corazón que quiere abrirse paso.

Me cobijo en la música del Cosmos
para escuchar el ritmo de los astros,
mientras los niños juegan en los parques
y sueñan con sus héroes de siempre,
en una plenitud que es apariencia,
porque la sangre espera la caricia
que el progreso no viene a regalarle.

Hay un volcán de sombras repetidas,
tan cotidianamente, que parece
que todo sigue como el primer día:
postales de la muerte, los licántropos
que trajeron de lejos a muchachas
hasta el brocal profundo de la noche;
la crisis que no cesa o los mendigos
que dejan sus cartones ya vacíos
de vino mendigado en cualquier parte.

QUIERO SEMBRAR AURORAS TRANSPARENTES,
palabras de algún nuevo abecedario
que iluminen la vieja incertidumbre
guardada en celosias, a la espera
del vuelo ascensional de las palomas
que desaten perennes amarguras:
el eco intempestivo que rebota
sobre el asfalto impersonal y frío
lo mismo que fantasmas pertinaces.

PERDIMOS EL JARDÍN DE LA INOCENCIA,
el alfabeto fiel de la ternura
y desde entonces vuelan alcotanes
que erosionan la piel del sentimiento.
Y sin embargo quedan las palabras
volteando cestillos de alegría
o lanzando cometas de esperanza
para toda la rosa de los vientos.

Y el poeta se torna solitario,
el más pobre e inerme de la tribu
caminando al encuentro de los seres
que le hablen de amistad o de las claves
que sepan explicar el regocijo
del almendro que surge, casi puro,
vestido de domingo, como un cántico
que quiere despertar, sin alborozo,
toda la primavera en sus dominios.

POR LOS CAMINOS DE LA MUERTE PASAN
rastrojos de esqueletos que levantan
su grito al horizonte, porque siempre
las guerras fueron como flores negras
que envenenaron todos los paisajes.

Y el peso de la historia y su memoria
pesa sobre mi espalda como fardo
de angustia inconsolable.Todo el frío
se me adentra en las venas, porque siento
que nada puedo hacer para evitar
esta hemorragia amarga, sin sutura.

ENTRE ERIALES DE LLANTO Y HOJARASCA
vamos buscando ahora alguna estrella
que nos permita vislumbrar siquiera
esos bosóns, partículas divinas,
donde el misterio pueda revelarnos
la nueva realidad frente al futuro
que ignoramos de pleno, porque nadie
regresa a nuestra orilla y nos descubre
tanta fragilidad en nuestros pulsos,
tanto desvalimiento, tantas dudas
que el Destino descarga ante los ojos
que un día perderán este horizonte.

¿Nos quedará el olvido solamente
cuando el amor nos pida credenciales?

MORIR ES SÓLO UN VIAJE SIN REGRESO
hacia la orilla ignota del mañana,
el tiempo que rebasa esta ventana
hacia otra realidad, con leve peso.

Pero también se muere cuando el beso
se estrangula en un arma cotidiana,
cuando el hombre, reptil como la iguana,
enfangado en el barro queda preso.

Entonces se marchita la alegría,
y las manos, vacías de tal suerte,
van quemando retazos de agonía.

Este baldío caminar inerte,
ya no es vivir, es paradoja fría,
verdadero zarpazo de la muerte.

Luis García Pérez