BÚSQUEDA ROTA, Manuel Laespada Vizcaíno, premio de poesía Manuel Muñoz Fernández “Ciudad de Puertollano”, 2.007
Manuel Laespada es un poeta que ha sabido abrirse un camino propio en la poesía actual en un panorama en el que predomina la prisa, la poesía commercial y el egoísmo, porque a él le queda aún la sensibilidad y el buen gusto como para decirnos cosas como ésta: “Pupilas de cristal, frágiles, tiernas, / carbón o espuma, sus dedos volando/ hasta una selva de tirabuzones/ o a sedosos encajes donde el pudor dormía”
Además de un Introito y un Epílogo, el autor establece en el presente libro tres secciones: Andenes del pasado, Los asombros, y Otros ecos. En todas ellas hay un deseo de recuperar el tiempo perdido, aunque con diferentes enfoques líricos.
En la primera parte, el poeta recrea la anécdota infantil que se hace vida y sentimiento. Son poemas en los que el niño se detiene a sentir cómo palpita en él el don de la inocencia, teniendo como fondo el inestable ambiente social: “Era apenas el mundo- nuestro mundo- / un babero de cuadros, una escuela/ donde aún se rezaba el Padrenuestro/ y se izaba bandera”
El poeta se resiste a dejar atrás ese mundo de la inocencia que vamos consumiendo día a día sin apenas darnos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor y de que la vida es demasiado efímera y hemos de refugiarnos en los sueños para sentir que aún seguimos vivos: “Empecé a envejecer desde la infancia./ Quise poner perfiles a las sombras/ y asirme a los perfiles de la estrella/ para huir del temor” Llega el momento de los interrogantes y entonces nos percatamos de que es inútil refugiarnos en esos espejismos que la vida levanta ante nuestra mirada: “Era humo, humo, humo,/ lo que envolvió la estancia/ cuando al decir futuro/ el juego se llenó de interrogantes”
En esta búsqueda constante, Manuel Laespada viene a confirmarnos que la vida es un continuo azar, un rápido discurrir que continuamente está limitando nuestras posibilidades de poder elegir, pero el futuro es solo una esperanza y el pasado nunca nos pertenece. Esta esperanza, esta búsqueda se rompe desde el momento en que dejamos de vivir el presente para hacernos recuerdo. La poesía no puede darnos respuestas que no existen, porque nuestras aspiraciones se concretan en dos polos opuestos: vida y muerte, enemigos irreconciliables: “El mínimo extravío de ternura, / de ingenuidad, de infancia,/ es acercarse dolorosamente/ al vacío. / Nunca madura el fruto/ sino es para la muerte, / ni el pájaro si canta, o la ola/ anuncian otra cosa/ que ausencia, despedida”
El poeta viene a decirnos con un lenguaje sutil, claro y esencialmente bello, que detrás de los días azules de la infancia, detrás de todos los momentos felices que vivimos , permanecen al acecho los fantasmas que nos cubren de sombras en este carrusel de dudas que es la vida: “Cada vez más las sombra nos inunda/ cada vez menos pueden las estrellas/ romperse en las mejillas/ sin salpicar de sangre/ las magnolias, / sin ahuyentar el sueño de la saves”
Para M. L. escribir es algo que nos puede dar las fuerzas necesarias para asumir con dignidad la derrota que nos viene impuesta de antemano y desde fuera de nosotros mismos: “Los latidos del frío, el olor gris del miedo/. Rasga sus vestiduras el recuerdo. / Silencio./ Se oye cantar el cisne”.
LGP
