Seudónimo:
“Noam Chomsky”
“Morir no duele mucho.
Nos duele más la vida”
Emily Dickinson.
Los poetas, hombres de las tribus más pobres, vamos por la vida con un hatillo de ilusiones vivas, para sembrarlas en la faz del mundo, aunque muchos prefieran ignorarlas.
Dedicado al niño Aylan, que nos dejó el corazón herido, y a tantos otros niños que jamás alcanzaron la orilla de una Tierra de falsa promisión.
Sobre la superficie de una cuartilla en blanco,
pretende la palabra tener alas,
y revestida de horizontes nuevos,
llegar como una aldaba a las conciencias
para cambiar aquello que nos hiere
o cantar la alegría que desprende
la belleza de un campo de magnolios
o la dulce sonrisa de los niños
que juegan con sus globos de colores.
Pero nunca ignoramos que los versos,
como un brindis al sol, también desean
salvarnos a nosotros, a modo de catarsis,
o rescatar, tal vez, a una muchacha
deprimida en un parque solitario
con una rosa mustia entre sus dedos.
Es la caligrafía de la sangre
la que lucha, indefensa, contra tanto desgarro
en la cárcel del tiempo, donde un día las musas
encendieron mensajes emergentes del alma
que nadie vino a respirar temprano.
No puede por sí mima la palabra
levantar catedrales de soñados poemas
donde todos los versos son hileras de pájaros
que pretenden volar a su albedrío,
hacerse sol o nube, la nieve nunca hollada,
ignorando la trágica presencia
de las aves rapaces que derriben su vuelo.
Parece ser que en este tiempo nuestro,
-lo mismo que en los siglos ya vividos-
la poesía es inútilmente bella
o bellamente inútil, además de molesta
para aquellos que siempre han intentado
poseer el becerro del oro más brillante.
Pero la poesía es un misterio
que nunca ha pretendido pisar la alfombra roja
ni subirse al tablero de la farsa
donde el glamour enciende las pasiones.
Cuando la poesía quiere romper la niebla
y entronizarse en el altar del tiempo,
sin pretender ser guía y alborozo,
el poeta se asoma al rumbo de la vida,
y expresa todo aquello que le impacta,
con un lenguaje amargo muchas veces.
También suele soñar con paraísos,
aunque sepa que son una utopía.
Para asomarse al mundo, puede hacerlo
con los ojos abiertos, preguntándose
por qué los perros ladran con frecuencia,
por qué los ríos buscan siempre el mar,
por qué la primavera despierta a los rosales
o por qué tras la noche viene el alba.
Pero si ha de llorar por muchas cosas
debe cerrar los párpados del alma
para encontrar la luz de otros senderos
y regresar al don de la palabra.
Es un poeta de la barba cana,
frente al brocal inmenso de su noche,
se ha quedado muy solo con su guitarra herida
y un perro muy gracioso que siempre le acompaña.
Cuando la aurora vuelve a despertarle
él se queda con labios tembloridos,
porque está enamorado del sol que nos da vida.
Ama su libertad como si fuera
un ruiseñor amando a su calandria,
y le canta al amor de aquella novia
que escuchó los clarines de pasión en la sangre,
el dulce escalofrío del placer en los labios,
los duendes del deseo, cuando el sol abrileño
abrió en su núbil pecho arándanos en flor
y un torrente de cálidas cerezas
embriagó los sentidos en su piel de relámpagos.
Intentó describir con palabras inermes,
la afrenta de las guerras que no terminan nunca,
mas pronto se dio cuenta que su voz peregrina
caía en los desvanes del olvido
con su vieja madera de carcoma.
Y no quiso fingir palabra alguna,
sino besar las huellas que dejaban los niños
antes de que la muerte cercenara sus pasos.
Desde entonces, su tristeza es más alta,
porque sabe de sobra que es inútil
traducir los problemas de la vida
e incluso interpretar con las palabras
tanta sed refugiada en ladridos de espera.
Durante mucho tiempo he conversado
con el poeta de la barba cana,
bohemio, soñador y libertario.
Me ha contado su vida, sus problemas
y toda la tristeza que le embarga,
después de un tiempo con su voz erguida
y desnudez en todas sus palabras,
para darlas al viento y a la vida.
imaginando que tuvieran alas.
***
Me ha dicho entre la luz y el barro:
“Yo sembraba palabras trasparentes
en los parques solícitos del alba
y en mi pequeño quiosco repartía
cometas de arco iris y esperanza.
A veces con mis manos
al viento las lanzaba
y al instante lograba convertirlas
en pájaros de plata,
carruseles de asombro,
cestillas de albahaca,
corazones de nardos entrañables
para todos los puntos de mis mapas.
Los niños me seguían por las calles
cual si fuera Hamelín, su flauta mágica.
Yo les narraba cuentos de países,
de ensoñación y magia,
con suspiros del mar en plenilunio
sobre las olas de su espuma blanca.
En las tardes de otoño
cuando las hojas se calzaban alas
para dejar desnudos a los árboles
y el sol entre membrillos tristeaba;
mas después con el alma entre mis dedos
rasgueaba el pulmón de mi guitarra.
“Pero un día la vida, de repente,
se me puso difícil, muy extraña:
Vinieron aviones de muy lejos
y llenaron el pueblo de alambradas
y construyeron un campo de tiro
como dos terroríficas murallas.
Emigraron los niños, las palomas
y las alondras de la madrugada
y enmudeció la fuente cristalina
que alegre regalaba
surtidores de bellas melodías
con su canción monótona de agua.
Cerraron los colegios
y en sus patios hoy crece la magarza.
Todo fue soledad, tronar del miedo,
trepidar de cañones, avalanchas
de tanques de combate destructores
como una maldición multiplicada.
Y yo solo, muy triste y desolado
ya no pude seguir con mis baladas
ni hablar con las gacelas en los campos
ni cantar a los duendes y a las hadas,
ni entretejer estrofas de colores
con las flores y el sol de la alborada.
Una tarde, afligido, sin canciones,
regalé a las estrellas mi guitarra
y aquí me ves con todos mis quebrantos,
con un nudo de pena en la garganta.
Y mi perro me sigue a todas partes,
porque es el compañero que me avala.”
Por qué no abrir los versos, igual que un abanico,
y denunciar aquello que nos hiere
las fibras más sutiles del espíritu?
Si no es posible, amigos, llegar hasta las sombras,
y rescatar la luz del pensamiento,
¿Será mejor hacerlo con versos más herméticos
que no comprende nadie, después de tantos –ismos,
por ser la mejor forma de reírse del mundo?
Es posible que todos los poetas
pensemos que es error, si no rompemos
con moldes que no llegan a lectores
porque prefieren otra poesía,
que nos narre pintadas en paredes
y que rompan las normas, la sintaxis
igual que un corazón a la intemperie.
Quién pudiera evitar, y para siempre,
las riadas de muerte que nos deja
el corazón desangelado y roto,
viendo que la abundancia habita en sus pináculos,
mientras que la miseria nos conmueve.
¿No es injusto que el mar de las palabras
tenga su voz más pura y consecuente
en el fervor sublime de sus versos,
mientras que algunos piensan que toda poesía
es como una ramera que se acuesta con todos?
Bajo la indefensión de mis estrofas,
surgen los sentimientos que no mueren,
y la impotencia observa, arrodillada,
cómo las luces no poseen alas,
mientras que se suicidan los jilgueros
por no poderle dar a cualquier brisa
los ecos de sus trinos de alegría.
Intento imaginar junto a John Lennon
un mundo sin el odio ni mentiras
o las turbias verdades que se esconden
detrás de tantas cifras ambiciosas.
Pero aquel imagine ya no es enjambre
de música que pueda exorcizar
los corazones fríos y distantes,
indiferentes a cualquier mudanza,
pues suelen enterrar entre las sombras
cualquier forma posible del amor.
Y sin embargo invoco a las estrellas
en esas noches claras de verano
-Lo mismo que Fray Luis en otros tiempos-
para alumbrar el cerco de tanto desaliento
y perfumar de soles la mirada de alguien
que solamente tiene el don de la tristeza.
La oscuridad es siempre la aliada
de todo lo que nunca resplandece.
¿Y no han de ser las flores un mensaje
para aquellos que niegan su belleza?
No sé como llamar a los que nunca
le ponen adjetivos a lo bello.
Nada les interesa: ni un jardín con jazmines,
frondosos bosques, nidos con polluelos,
la música, un poema, una carta de amor,
tal vez el primer beso o el regazo
más tierno de la madre, ni siquiera
un libro, algún juguete…
Cualquier madre,
(con raras excepciones que confirman la regla)
enseña a sus retoños a amar y ser amados
y a contemplar el don de la belleza,
como se suele hacer en los colegios.
A fin de cuentas dicen los filósofos
que las cosas serán maravillosas
si cumplen con el fin que les impuso
su creador en la naturaleza.
Nadie debería olvidar que los triunfos de algunos serán nuestras derrotas y los sueños de éstos, todas sus vanaglorias, son nuestras pesadillas.
No temas tus derrotas, si con ellas
encendiste una llama inextinguible
e hiciste de tu verbo lluvia amiga
que fecunde la tierra desahuciada.
No pienses que tu voz es como el ascua
que desprenden los fuegos de artificio,
ni la chispa que vuela y no calienta
las manos ateridas de los pobres,
porque un poema puede tener fans
y sin mirar su métrica y su rima
tal vez despierte espíritus dormidos
cuando todo les suena a indiferencia.
También esos poetas callejeros
con su bota de vino son felices,
y tanta desazón, tantos olvidos,
no le impide cantar sus desengaños.
El poeta no suele ser mesías
ni sus versos tampoco son un arma
para apuntarte al pecho (Celaya dixit)
Mas esto no le impide pedirle a los humanos
que acaricien la Tierra que habitamos,
con las manos ungidas de claveles y música,
hasta preñar el aire de gladiolos y violas,
resucitar los bosques con su fronda antiquísima
y traslucir las aguas con rubor de esmeraldas
donde ensayen los peces una danza de lunas.
A veces el silencio es la respuesta,
con los dogmas geométricos, tallados a medida,
que mueven con sus dedos el compás de la historia.
Y si implora la PAZ como un prodigio,
con su amistad al hombro, la flor intercambiable
de un poema que sea inteligible
en todos los idiomas, acaso lograría
estrenar para siempre una liturgia,
que interpretara pronto algún sochantre,
exigiendo la urgencia deseable.
Cuando tu voz amiga se diluya
en los escaparates del silencio
el brindis de los sueños trasparentes
serán tan sólo un vino apedreado.
Ya no hacen nunca guardia los poetas,
pues no podrán, sin armas ni grilletes,
brindar seguridad en todo el orbe.
Una mañana quise, con sílabas inermes,
reverdecer los túneles de los días opacos
y aniquilar el odio y la avaricia
con espadas de espuma entre los labios.
Pero sólo la noche respondió a mis demandas
con su mudez cerrada a cal y canto,
erguidos en pináculos de gloria,
que miran de soslayo la inclemencia
mientras míseras tórtolas ensayan los rituales
de aprender a morir sobre la escarcha.
Cualquier convocatoria de poetas
suele ser solamente respondida,
por los demás poetas, los amigos
o cualquier concejal para que sepan
que aman la cultura desde siempre,
en medio del intenso mercadeo
que es la desolación para los pobres.
Mas no se quedarán jamás los nombres
sin gritar sus valores, sus esencias;
los adjetivos mostrarán sus labios,
y no naufragarán preposiciones
que son tan necesarias para estrechar abrazos.
Los verbos buscarán sus cielos nuevos
sembrando la esperanza por anchas avenidas,
antes que el sol decline, y el poeta
nunca pueda esquiar en las estrellas.
Pasan los siglos, los milenios pasan,
pasa el amor, la muerte siempre pasa,
y parece que todo está ocurriendo
con el guión establecido siempre,
sin que nunca consulten con nosotros
y nuestra voluntad duerma en la calle.
Muchas veces la Parca nos visita
y deja su tarjeta en los buzones,
aunque el Destino quiera prolongarnos
la luz que nos regala nuevos pactos.
Pero la vida tiene nombre propio
y nos ofrece muchas cosas bellas
para vencer los miedos y fantasmas
cuando las sombras cerquen los caminos.
Y sin embargo siempre la alegría
nos trae en sus pestañas los encantos
que dan sentido a toda la esperanza:
la familia, los besos entregados,
las caricias, la fruta almibarada
de nuestra adolescencia más sonora,
cuando el amor llamaba a nuestra puerta
y la sangre se alzaba en rebeldía.
Es la vida ese don tan necesario
que pone vertical cualquier anhelo
aunque a veces parezca un imposible.
La vida es mientras tanto, lo sabemos,
pero también sabemos que la suerte
es aleatoria.
Sin embargo el éxito
está en nuestro interior y hay que explotarlo
igual que esos atletas que se esfuerzan
por mejorar sus marcas personales.
Aunque tienda la noche sus disfraces
y quieran devorarnos nuestros sueños
licántropos que siembran tempestades,
nunca habrá que rendirse en esta orilla
sin intentar la altura de los astros.
Si piensas solamente en el abismo
y no eres capitán de algún deseo,
tal vez estés muriendo lentamente.
Solamente se pierden las batallas
cuando vives de espaldas a una meta,
y el ocaso te vence sin que intentes
oponerle tu espada de corolas.
Si alguna vez los días que tristean
pretenden enterrarte en hipogeos
sin luz y sin ventanas, ponle tu corazón
de contrapeso y mira hacia la luz
como hacen los humildes girasoles
Tu lámpara es el don de la palabra.
Escribir un poema es la catarsis
que está en nuestro interior y que nos pide
abrir las celosías interiores,
aunque no busque líricos aplausos
ni ganar exhibiendo sus laureles
en los Juegos Florales que ganan casi siempre
poetas consagrados con voz propia.
Hablar con las estrellas milenarias
que guardan en su frente pudorosa
racimos de recuerdos y pasiones,
es evocar idílicos momentos
de los enamorados y sus citas
en las galaxias de los sentimientos.
La luna puede ser también testigo
de amores y de abrazos ya marchitos,
cuando aquellos amantes tan románticos
bebieron en la plata de sus senos
tal si fueran ardientes selenitas.
Cuando algún viento amigo nos despierte
porque viene a decirnos muy bajito
que el polen ya está vivo, y es ya tiempo
de visitar el seno de las flores,
que abrieron su corola los almendros
y vistieron su traje más lujoso.
Pero debe pactar un armisticio
con las abejas que hoy se despertaron
para libar el néctar limpio y puro
que es su oficio, su pan y su refugio.
Es el fervor de la naturaleza
que conoce sus leyes y agradece
que el hombre la respete y acaricie
con sus manos fraternas, entrañables.
¿Qué espiral de naufragios o qué olas
de sangre arrebolada bajo el llanto del sauce
nos quiso introducir en la tormenta?
Aquel vuelo nocturno de las aves sin techo
era el triste reflejo de los amaneceres
penetrando en la arcilla cuarteada.
¿Quién quiso arrebatar nuestros anhelos
en los acantilados de un paraje que puso
el filo del invierno sobre la piel del alma,
como tiende la noche sus estatuas de humo.
No será la nostalgia nuestra guía
si aún nos quedan canciones habitables
y aquel abecedario trasparente
para ensayar alguna melodía,
nos colmará los ojos de esperanza.
¿Podrá algún aguacero y su armonía
aromarnos la tierra cuarteada
y colmar tanta sed desfalleciente?
Las voces del planeta nos reclaman
las manos que le abracen su cintura
y en el cancán más verde de sus montes
plantemos siemprevivas inocentes
para que el sol, adagio de violines,
nos regale arco iris, pentagramas
donde escribirle un madrigal de nieve
con espigas de luz para el camino.
¿Quién pondrá en nuestro pecho aquel relente
que algún día siguiera nuestros pasos
de la infancia en el vals de la alegría
y el rocío con huellas juguetonas?
Si algún día arribamos a un mar tan proceloso,
que sus olas nos pinten su lenguaje
con sus barbas de espuma plateada.
Hemos visto las águilas volando
y el graznido insolente de los cuervos,
mientras que las violetas al borde del camino
perfumaban las manos inocentes
de los niños felices por los parques
entre sonrisas lúdicas de asombro.
La arena de las playas invitaba
a broncear la piel de los amantes,
y un rumor de campanas nos traía
la obstinación de soles, acunando
las olas en el mar de la retina,
el zumo de las flores impolutas
igual que los oasis del desierto.
Así fueron pasando cíclicos veranos
y horizontes tan viejos como el mundo,
materia vulnerable de viejas utopías.
Sólo la luz podría redimirnos.
Hoy se nos cierran múltiples caminos,
pero también se abren otros nuevos
y siempre la esperanza nos tatúa
sobre la piel del alma alguna estrella
en forma de un amor tan solidario,
que rompe las fronteras y distancias
entre tanta opulencia y la miseria,
porque el Destino no quiere oponerse
a tanta carcajada tiznada de desprecios.
Entre las escolleras de las lágrimas
alguien planta rosales del futuro.
A fin de cuentas cada día nace
el sol con sus antorchas encendidas
y la noria del tiempo, aún puede regalarnos
cangilones fraternos de corolas.
La noria de los días llenó sus arcaduces
de sombras corrompidas lo mismo que un espasmo
de lágrimas yacentes detrás de las montañas.
Vimos volar los buitres con un escalofrío
y el grito de un poeta abandonó la Tierra
para hacerse cometa de sueños imposibles.
Y terminó cayendo sobre el granizo frío
lo mismo que un harapo manchado de tristeza.
El aire verde de cercanas lomas
precipitó su cántico bajo un cielo de otoño
y hubo que refugiarse en el silencio
de la noche profunda con presagios de fiebre
que escupía sus dudas y rencores
en el caz obstinado de un invierno aterido.
De la infancia venía un rumor de campanas,
un jardín con cerezos y el rumor de cristales
de una fuente cercana. El zumo de las flores
era ya sólo el eco repetido
de un horizonte viejo como el mundo;
y en la escollera de los desencantos
crecieron pesadillas de un presente marchito
que se resiste a ser sólo ceniza,
materia vulnerable de añejas utopías.
En el brocal de un pozo que nunca ha visto el día,
lloró la soledad su desconsuelo.
Sobre el tablero de esta vida escribo
manojos de poemas con pétalos inútiles,
con esa desazón que me produce
la diaria impotencia de ser tan sólo un número,
testigo presencial de tantas cosas
que invaden mis sentidos a deshora.
Si levantáis ahora la mirada
veréis un mar lejano, taciturno,
el lento discurrir de las luciérnagas
en los escaparates que la vida
tendió cualquier verano ante nuestra mirada,
hacia los frutos nuevos, primicia de los días
donde jamás alcanzan tantas manos
la plenitud de sueños inconclusos
por más que se prolonguen sus brazos anhelantes.
Alguien pudo sembrar en los caminos
la orquídea pasajera de algún sueño
sin límites concretos. Pero pronto
creció la enredadera de un funeral espejo,
la sombra delatora de nuestra incertidumbre,
Ahora navegamos sin rumbo ni horizonte
con niños temblorosos cosidos al destino.
Somos sólo remeros en bocanas de un puerto
contemplando en la caja cotidiana
las hazañas de tantos diosecillos
que levantan pasiones contrapuestas.
El alma se atavía de relámpagos
y asidos al silencio de las horas profundas
vamos viendo los nidos ya vacíos
que el tiempo ha convertido en manchas injuriosas
sobre el árbol herido de nuestra arquitectura.
Los padres de la patria con su oratoria hueca
prometen imposibles paraísos
y crece su nariz tan desmedidamente
que casi nadie ignora de qué brazo cojean.
Es posible que un día, de repente,
encuentres el vacío entre tus manos,
el ERE que te deje la frente desolada
y el frío del invierno en tu costado.
Y ya sólo nos queda la opción de alguna espera
para que certifique cualquier sentencia absurda,
tal vez en ese magma de barro impenetrable,
mientras sobre la piel de la esperanza escarcha
y el corazón, sumiso, contempla el espectáculo.
Aunque lluevan los versos sobre la indiferencia,
seguimos siendo libres escribiendo,
tal vez para salvarnos, hasta que llegue el día
de un examen de amor que acaso pueda
rescatarnos de olvidos y distancias.
