I
Felices superhombres, cuyo rostro
se eleva con sus párpados metálicos
y esperan que se acerque a sus ventanas
el mundo arrodillado, y a la espera
de que el alba les traiga las sumisas
miradas abatidas por el hacha
salvaje de su boca entigrecida.
En su cuna dorada están las huellas
envueltas en caricias de las madres
que ayer fueron sus ángeles custodios.
En las calles que un día edificaron
hoy se aprecian los bancos con ojos de carcoma
y cartones de vino que dejan los mendigos
como rotas gaviotas de ceniza.
Cualquier momento es bueno
para que sus trompetas imperiales
convoquen a tragedia.
La carne va velando el horizonte
hasta incendiar de golpe y de costado
la dulce letanía de las hojas
que huyen bajo sus pies, cuando la noche
confunde sus blasones, águilas dominantes
de un cielo que proclama sus victorias,
porque siempre creyeron
que la gloria era suya, sólo suya.
II
No tendrán que pagar ningún peaje
y gozarán viviendo el espectáculo
de ver la libertad ahorcada ante sus ojos.
Pero suelen estar siempre al acecho
para evitar que salten en añicos
las razones de su vocabulario.
¿Para qué complicarse la existencia
leyendo los periódicos
y enterarse de hambrunas y miserias
de los niños con ojos apagados.
Será mejor, sin duda,
reservarse la suite más lujosa
con jacuzzi y champán para sus brindis.
Dejémosles en paz con sus costumbres,
que es preciso evitar en cualquier parte
un posible arrebato de soberbia,
cuando miren al mundo desde arriba.
Nadie debe enterarse en modo alguno
de qué brazo cojean.
Mañana será el tiempo
de entrevistas con hombres poderosos,
miradas de lascivia a dulces secretarias
y negocios rentables, suculentos.
III
Bebieron en ejemplos de la historia
para soñar con sus mitos eróticos:
Con Catherine Pozzi que se entrega
arrebatadamente a Valéry;
la excitante Cleopatra a Marco Antonio
o la reina de Saba a Salomón.
Su sex-appel es algo muy importante
y estarían dispuestos a pedirle
lecciones de perfecto seductor
al mismo Casanova, si pudieran
arrancarle un orgasmo a la soprano
que en Viena acelerara sus hormonas.
¿Cómo sería posible
hacer de una ciudad mujer ardiente
colgándole diamantes en su cuello?
Nada importa prestar la hoz de su sonrisa,
si en el cartel de su cosmogonía
se forja la cosecha más granada
y en el altar secreto de su tiempo
arde la plenitud de sus conjuras.
IV
Será preciso contratar esclavos
que carguen con la leña necesaria
para que arda puro el sacrificio,
la llama inextinguible en áureo pebetero
y en honor de estos ángeles de bronce,
cual dioses del Olimpo que concursan
a eterno paraíso, donde aspiran
a poseer su mágica parcela,
la celeste mansión con la que el viento
suele martillear en su conciencia
en las noches de insomnio y sobresaltos.
Ocuparán portadas de periódicos,
saldrán en las revistas de la jet
y donarán , sin duda, algún presente
para dejar perenne su recuerdo
en altos pentagramas de los siglos
como benefactores de la historia.
Siempre serán pináculos de gloria,
templos de vanidades indelebles
y su larga nariz, cualquier mañana,
se arrugará del todo cuando llegue
el final de su largo itinerario.
Mas seguirá brillando por un tiempo
el oro en los anillos de sus manos
que tanto se afanaron
en aras de la paz y la justicia.
Luis García Pérez
