JOAQUÍN BROTÓNS. SELECCIÓN.- Prólogo y Recopilación de Matías Barchino, Ayuntamiento de Valdepeñas, 2.002.
Veintiséis hermosos poemas de J. Brotóns ha recopilado en esta Selección Matías Barchino en el año en que el poeta de Valdepeñas cumple sus bodas de plata con la poesía, en esa larga singladura que va desde Poemas para los muertos (1.977) hasta los cinco últimos poemas que pertenecen a Rosas negras. De este modo la Selección nos ofrece una breve pero clara visión de la densa obra del vate valdepeñero que ha ido sorteando toda clase de dificultades para sacar adelante una poesía sincera, diferente, entre dolorida y sensual, apasionada y nostálgica, comprometida y doliente.
Es, sin duda, la exquisita sensibilidad del poeta una constante y característica esencial de toda su producción. Nunca se le podrá aplicar a este poeta y hombre bueno esa condición de fingidor de palabras que F. Pessoa atribuye a los poetas, porque Brotóns ha ejercido desde su juventud como un poeta ferviente y apasionado, tanto en su efusión sentimental, como en su vertiente más comprometida y solidaria contra los ambientes sociales que le ha tocado vivir. Por eso dice muy acertadamente el prologuista que la poesía de Joaquín se convierte a la religión del amor, basado en el goce de la belleza de los cuerpos y en las relaciones sexuales directas. Lo que sucede es que en muchos de sus poemas todavía se advierte cierta carga de indefinición y ambigüedad, consecuencia inmediata de la hipocresía social, todavía dominante, que ejerce como freno y le obliga a adoptar ciertas actitudes pudorosas.
Joaquín Brotóns siempre se ha considerado deudor de la herencia helénica, un griego aislado en su ciudad-isla desde donde ha elevado su voz poética fervorosa y pura, contra cualquier convencionalismo político-social. Su poesía es pasión y catarsis, grito vitalista con una buena dosis de rebeldía apaciguada, nunca visceral, sino atemperada por el desengaño. Esto le lleva a exclamar a veces versos como éstos: Yo tengo seis corazones,/ seis fieras hambrientas/ que enjauladas rugen/ entre barrotes de silencio.
Estos versos, que pudieran parecernos un tanto gesticulantes, son la consecuencia de esa plenitud nunca satisfecha ni en el amor ni en la vida. Por eso, sus versos nacen de una profunda soledad desde la raíz de su tierra que no ha querido nunca abandonar contra todo viento y marea, ofreciéndonos detrás de su apariencia un tanto distante o arisca, la sencillez de un alma entrañable, abierta a la amistad y al diálogo, amigo auténtico que dedica muchos de sus poemas como homenaje y recuerdo emocionado a viejos amigos malogrados, como en el caso de Oscar Benedí o Valentín Hidalgo.
A veces aparece también en su poética esa condición de poeta marginal, si bien mantenida siempre con dignidad, sin arrogancias de ningún tipo, pero un tanto abrumado por la soledad circundante: Son las horas/ dudosas, inciertas/ y frías de la madrugada… Una noche más/ en la que el dorado vino/ te ha embriagado de recuerdos:
Esta es la herida por la que tantas veces ha respirado J. Brotóns, tal vez porque tantas veces, en contra de su voluntad, se haya visto obligado a despertar de sus sueños incumplidos.
EN ALGÚN LUGAR DEL CORAZÓN Y OTROS CUENTOS, Raimundo Escribano, nº 6 de la Colección Bibliográfica Manxa, Ecma. Diputación de Ciudad Real, 2.002.
Hasta ahora conocíamos a Raimundo Escribano como poeta y ensayista, con numerosas publicaciones de libros y estudios sobre la poesía manchega, así como por sus abundantes premios en el campo de la lírica, pero ignorábamos su producción narrativa, por lo que nos ha sorprendido gratamente este librito, pequeño de formato pero rico en contenido, con siete magníficos relatos que el autor va subtitulando con una referencia que sirve para orientar al lector y que califica a estos cuentos como un poco gris, un poco surrealista, un poco entrañable, un poco semoviente, etc.
Cada uno de los relatos rebosa humanidad y sentimiento, así como una experiencia vital desbordante en la que aparecen personajes tan carismáticos como Juan, todo silencio, todo mediocridad, en pleno contraste con el don Juan elegante, poderoso e influyente. El protagonista que abre el primer relato es ejemplo de moderación, de paciente humildad que acata el destino con un resignado silencio al que pone definitivamente mordaza el instante de la muerte. Otras veces aparece un protagonista culto que estrena su equipaje por la vida con los dones de la cultura y la prudencia, con la necesaria sagacidad para que el amor resulte victorioso derrotando la bravuconería y brutalidad del antagonista. No falta tampoco el protagonista-niño, con evocaciones de niño-yuntero, tierno y desvalido, tan anónimo como su vida campesina de humilde trillador que se ve rebasado por la aparición del progreso en la era.
Otras veces el verdadero protagonista es un ser inanimado que cobra vida propia, como en el caso del viejo Ford que actúa como símbolo del tiempo, lleno de afectividad y ternura, tan ligado aparentemente al autor.
En ocasiones es la ironía del narrador la que evidencia un clima de injusticia social, manejado con acierto y eficacia en La Protesta, reflejo de la explotación del hombre por el hombre en una clave original que es una verdadera pirueta literaria.
El tema del amor con sus múltiples vaivenes aparece con cierta crudeza realista en el cuento que da título al libro En algún lugar del corazón, con la pasión amorosa como protagonista desdichado, lo mismo que sucede con esa patética soledad del hombre En brazos de la noche, el abismo insalvable del hombre condenado a su propio abismo de la frustración amorosa.
En resumen, libro sorprendente, escrito con oficio, con la experiencia del narrador que sabe lo que quiere y el modo de conseguirlo. Su lectura resulta gratificante y amena en todo momento.
OFICIO DE ATALAYA, Jerónimo Anaya Flores, edición en colaboración con la Excma. Diputación Provincial de Ciudad Real.
Este Oficio de atalaya, es un poemario para leer detenidamente, porque Jerónimo se nos presenta en él como un clásico humanista, siempre vigilante, siempre atento a nuestro destino temporal y eterno a la vez, peregrinos por un itinerario que conduce a la universalidad del ser.
Dos partes diferencia el autor en este libro: La bandera muy enhiesta y Kairós. En ambas está siempre presente el hombre y su circunstancia en ese discurrir por la escala del tiempo como algo irreversible. Se trata de poemas breves que nos invitan constantemente a la meditación, a vivir vigilantes desde esta atalaya de la vida, antes de que llegue la hora definitiva y nos rebase ese leteo o río del olvido. La vida se va escribiendo sobre los renglones de ese alcor que nos mantiene expectantes, enarbolando siempre la bandera de la vida y el pensamiento por encima de la costra de los días, de las pústulas que nos va dejando el cotidiano vivir: Costra de los días/ en la piel de los años:/ el viento/ empuja las arenas/ de las playas,/ astringe la epidermis/ y lame de las úlceras los labios: He aquí el poder del tiempo que nos rebasa y nos engulle. Pero el poeta se mantiene siempre vigilante y derrota cualquier atisbo de nihilismo con los ojos expectantes hacia la belleza: …Y luego,/ lentamente,/ ascenderé a las nieves/ por contemplar/-¡Oh belleza!-/ el mundo. Esta belleza no es otra que la luz suprema: Dios. Pero antes ha de vencer la niebla persistente, la presencia del abismo, mirando siempre hacia el propio interior del poeta. Es la victoria sobre la muerte, sobre el reloj del tiempo, sobre ese “musgo” que nos invade la piel hasta sumergirnos en el olvido, lo que está propugnando en todo momento el poeta, antes de tender definitivamente esa “abscisa de infinito” Peregrinante por el cosmos, el poeta recorre ese itinerario nacimiento-muerte entre la podredumbre del mundo y esa Babel de permanente confusión. Este empuñar la bandera del conocimiento significará el triunfo sobre toda herrumbre, toda sombra, en ese movimiento constante desde el cenit al nadir que destruye el alcázar de la vida, como se expresa en ese bello poema 16 de la primera parte que es todo un tratado de filosofía: “Y yo, en el quicio,/ desorbitando mis anhelos: más allá la nada; más acá, la nada.
Es la mística del hombre despojándose de sus propias sombras hasta abarcar la luz, el amor que envuelva con su fuego a los hombres. Pero antes hay que cruzar esa voz del viento “Como un réquiem” y percibir esa “oquedad vacía” que tan poéticamente nos refleja Jerónimo en el poema “Huele a Ti”.
La segunda parte del libro lleva por título la palabra griega Kairós, que significa tiempo oportuno o circunstancia conveniente, esa espera que menciona el poeta en el primer poema hasta que el alacrán pusiese su veneno/ en el hombre, y saltara hasta la nada,/ retorcido en dolor. sin que quedara ni un ápice de su huella en el Universo. este Kairós viene a simbolizar esta lucha del poeta con el tiempo, con el río de la vida, con esa concepción heraclitana del ser en dinamismo en una diaria batalla que son Un remordimiento en la vejez/ entre las ruinas imprecisas/ de castillos lejanos,/ apenas perceptibles/ tras la niebla abundante de grises cataratas. / O un montón de calendarios amarillos/ con fechas negras hasta en Navidad.
El amor, la belleza, la mujer, se convierten en anhelo de posesión en la distancia, en una prolongada hipermetropía o tu luna distante con brazos paralelos. No hay espacio para esas ausencias, para ese vacío impenetrable, pero siempre la muerte deja sus huellas como átomos de amor, en una especie de señal siempre hacia la eternidad.
En verdad, hermoso poemario para la meditación y el asombro, este Oficio de atalaya que Jerónimo no sólo sabe ejercer, sino también poner delante de nuestros ojos con palabras sencillas, poéticamente luminosas.
