Seudónimo: “ John Milton”

Al fondo del paisaje

Cuando la noche ciega
nos sumerge en los vientres de la duda,
la nostalgia nos trepa por el alma
y el corazón es un refugio verde
que busca una sonrisa
en la región donde florezca el beso.

Nuestros ojos cansados
en torno de las lágrimas,
son un fardo de pálida tristeza
cuando el mar aproxima sus orillas
y nadie nos responde, amablemente,
a tanta interrogante sin respuesta.

A veces es preciso preguntarnos
por cosas tan sencillas como éstas:
por qué las nubes en el firmamento
siempre cabalgan sobre nuestra frente;
por qué los perros ladran,
o por qué se suceden los días y las noches.

¿Acaso alguien ignora
que nuestra humana piel está sedienta
de las suaves caricias
que quisieran hacerse flor y fruto
para andar el camino, tierra adentro?

“Llamamos destino a todo cuanto limita nuestro poder”

R. Waldo Emerson

Las preguntas nunca tienen clave

Cuántas cosas suceden
a nuestro alrededor sin que podamos
desviar la nefasta trayectoria
que trazaron los hombres revestidos
con su traje de dioses.

La lluvia puede ser nuestra aliada
para el dolor silente de la tierra,
pero también la lluvia se convierte en lodo
siempre que la tormenta de los dioses
desguaza nuestra leve arquitectura
y nos deja sin voz, a la intemperie.

Si en la floresta de esta vida humana,
pirómanos sin alma y sin escrúpulos
arrasan el paisaje de los ojos,
y el frío insoportable del invierno
se adentra como huésped descarado
por todos los rincones de la casa,
tendremos que iniciar otra liturgia
con la palabra erguida en los balcones
de todos nuestros sueños despeñados,
o preguntarle a Dios por qué existimos.

Detrás de alguna estrella

Detrás de alguna estrella remotísima
tal vez pudiera estar nuestro destino
aprehendiendo en la esencia de los seres
su condición más prístina y sagrada.

Nadie podrá negarse a los deseos
de romper las fronteras que confunden
nuestra breve andadura con la nada,
porque llevamos en la frente escritos
anhelos de querer eternizarnos
en una dimensión reconocible.

Si al volver la mirada al infinito
no nos reconocemos
detrás de antiguos muros
que ocultan horizontes,
rescatemos al menos el prodigio
de instalar en el fiel de la memoria
aquello que tuvimos en las manos
y quiso hacerse trago perdurable.

La libertad más pura
es viajar por el tiempo
sin mapas ni astrolabios,
sin temor a un regreso extraviado.

Para encender jazmines

Contemplo el panorama alrededor del Orbe,
sobre esta soledad que nos conduce
a un umbral de indigencia, la nostalgia
de una luz que ilumine los caminos
por un itinerario donde habite
la mítica esperanza de un mensaje,
veraz como un prodigio, que en la noche,
nos permita soñar que aún es posible
pintarle a la mañana una caricia
con la inerme metralla de un poema.

Quisiera sólo hablarte del mar y sus gaviotas,
de que el día es azul y trasparente,
de que el verano trae en sus pestañas
el dulzor y el aroma de la fruta madura.

Sin embargo el amor no está al rescate
de toda la tristeza innominada,
y en la pantalla atroz del noticiero
el llanto y el dolor sólo nos dejan
regueros de la muerte sin sentido.

¿Cómo encender jazmines impolutos
desde la inmensa rosa de los vientos?

Hay un jardín en germinal belleza
que nos viene a decir, como un susurro,
que Dios aún no ha perdido
su esencial confianza en los humanos.
Pero no es menos justo, por ahora,
invertir la pregunta que nos urge.

Incertidumbre

Hay días que amanecen tan oscuros
que ni siquiera luces interiores
vienen a iluminar nuestros sentidos.
En estos aposentos tan sombríos
puede llegar la luz a redimirnos
en forma de muchachas ataviadas
en paisajes unánimes, con música
de un duce violonchelo irrepetible.

La evocación de fúlgidos veranos
puede romper silencios de indigencia
y brotar como alegre algarabía
en el crisol de un tiempo de amapolas.

Y la música agreste de los amaneceres
es una bocanada de aire fresco,
algo que nos conforta y nos da brío
para abrirnos senderos entre el cántico
que aprendió sus estrofas milenarias
en los bosques frondosos de la vida.

Por esta incertidumbre caminamos
sin un norte seguro, sin un rumbo,
porque el futuro no nos pertenece
y el pasado es recuerdo, la nostalgia
de la infancia perdida o paraíso
donde fuimos dejando biografía.

La voz de los misiles

A pesar de las voces suplicantes,
del llanto inconsolable de los niños
y el clamor de las madres sin consuelo,
nadie plantó la paz con sus raíces
en los parterres de la tierra amada.

Trompetas imperiales nos llevaron
por esa senda estrecha donde estalla
el dolor como negra profecía.

Y en este laberinto sin salida
van a morir montañas de ilusiones
y sueños desterrados al abismo,
sin adarmes de cálida armonía
que pudiera evitar lo inevitable.

¿Nos quedarán semillas en las manos
para sembrarlas en cualquier sendero
antes de que las fuerzas se desmayen
y perdamos las cosas tan amadas
por no darlas al viento a cualquier hora?

Por qué no rescatar cualquier poema
de aquella juventud que pretendía
cambiar el rumbo amargo de los siglos,
destruir este mundo y rehacerlo.

Dónde la flor sobre el volcán sin freno,
la indómita violencia de la ira
que deja cicatrices en el alma.

El poeta quisiera
tener la clave de los horizontes
y volar y volar, volar tan alto
como alcotán que surca las alturas
sin miedo al cazador que lo derribe.

Lirios de penitencia

Tiene la libertad color morado,
a pesar de ser lirio que despierta
en el jardín donde florece el alma.

Pero en su traje siempre lleva escrita
la penitencia que el color le impone
con la fuerza imparable del granizo
que llega de costado sin notarlo,
lo mismo que la ortiga se aproxima
con brotes urticantes sin piedad.

Esas manos de hierro tan pesadas
siempre serán el frío de la muerte
sobre los lirios que arrebata el frío,
cuando toquen las sombras a rebato
y nos quede el vacío interminable
detrás de los pronombres
de aquellos que jugaron a ser dioses.

Y en el envés del corazón ausente
se nos mustian claveles en los labios
de tanto desamor, frente a los ojos
que eclipsan la verdad en sus parajes
siempre con la soberbia a flor de piel.

Pero a pesar de todo,
preciso es aventar siempre los sueños,
e izar la fantasía hasta las cumbres
de nuestra realidad y del enigma
de las ensoñaciones más hermosas.

Después vendrá la noche inevitable
con todas sus antorchas apagadas.

Clarines implacables

Cualquier día, a cualquier hora,
vienen a interrumpirte tu descanso
clarines que te ofrecen, con premura,
todo aquello que apenas te interesa:
perfumes, joyas, un genial crucero,
imprescindible para tu familia,
si quieres ser un hombre posmoderno.

Y mientras tanto manejamos cifras
que no nos cuadran nunca, casi nunca.

Premonición de los naufragios

El penúltimo sol sobre las aguas
descubre el abandono e inclemencia
de aquellos que soñaron algún día
con arribar a un puerto
en busca de la Tierra Prometida.

El mar, la mar, su mar
abrió las fauces como fiera en celo
que rubricó con sangre
un periplo de lunas moribundas,
noches de soledad desvencijada,
la hipotermia en sus labios apagados,
toda la lejanía, las distancias
que el destino trazara despiadado
para romper los puntos cardinales
del dolor que se expande,
como una pesadilla de naufragios
desde toda la rosa de los vientos.

Este mar erizado de ignominia,
donde jamás se intuye el horizonte
nos deja con la voz entrecortada
y las manos heridas de impotencia.

Y el olvido nos clava
un carrusel de sombras
que no puede la luz desvanecernos.

Cuando regrese, al fin, la primavera
nos gritarán los pájaros,
cantando y al unísono,
que no será su voz trino baldío,
pues su canción pretende recordarnos
que la naturaleza
aún sigue deslumbrándonos.

La asepsia indecorosa.

“Hacen falta pensadores que sueñen
y soñadores que piensen”
J. F. Kennedy

Con asepsia insolente,
que jamás nadie puede discutir,
se dice que hace falta, con urgencia,
cambiar todas las reglas de este juego
para acabar, y de una vez por todas,
con la pobreza, hambrunas, injusticias,
un olor a podrido, tantas mafias
de ingrato mercadeo.

Serán en adelante, y para siempre
un mal sueño de noches de verano,
porque a partir de ahora
ya seremos iguales y felices.

Y veremos las cosas de otro modo
desde la lucidez más asombrosa.
Nada habrá que temer en adelante,
pues construiremos, todos de la mano,
un mundo rebosante de alegría,
con flores estallando en todo tiempo.

Soñar nos cuesta poco.

Cercanas lejanías

Alrededor de un pozo de mentiras
– o de turbias verdades-
crece la enredadera de las penas
de un tiempo sumergido
donde el pobre pernocta cada noche
en el brocal de la melancolía.

Y buscamos el agua salvadora
para esta amarga sed que nos traspasa,
el manantial donde reclina el tiempo
la ofrenda de un milagro que aparece
detrás de una cercana lejanía.

Si madrugara el sol cada mañana
y aproximara siempre los extremos
en un campo poblado de palmeras
donde tú fueras tierra y yo la lluvia,
tal vez levantaríamos
un ánfora de luz con nuestros ojos.

Que la paz nos santigüe la mirada

“No hay caminos para la paz.
La paz es el camino”
Gandhi
Eres flor ultrajada desde siempre
cuando el mundo quemaba tus renuevos
en la verde floresta de los seres
nimbados con aroma de tu aliento.

El hombre despeñó tus credenciales,
y en los surcos felices de tus predios
crecieron el rencor y el egoísmo
de la soberbia y el resentimiento.

Quién destruyó la flor de tu alborada
y trepanó la luz de los luceros
con la saña feroz de la tormenta
y el nocturno ronquido de los truenos.

Quién afiló los rostros de la sombra
sobre la flor naciente del cerezo
en los albores de una primavera
mancillada con negros crisantemos.

Alguien apuñalaba tus alondras
en las alturas de su blanco vuelo.

Que la paz nos santigüe la mirada
bordada en el altar del pensamiento
abrazos de colores deslumbrantes
y arco iris de múltiples conciertos,
para que beban en la misma fuente
la gacela, los lobos y el cordero.

Cumbres salvadoras

Cuidemos el planeta que es de todos,
y a todos nos conviene desde siempre
su frondosa hermosura primigenia,
pues la Tierra es la madre que amamanta
a sus hijos queridos con ternura,
aunque algunos la ordeñen con sus manos
hasta arrancarle un grito doloroso.

Contra el llamado efecto invernadero
y la boina que envuelve las ciudades
de toxinas, dioxinas y otras inas,
han acordado en cumbres poderosas
un serio compromiso tan ferviente,
-que será de obligado cumpli-miento-
y antes de pocas décadas
habremos rebajado en un buen porcentaje
vertidos industriales a la atmósfera.

Apenas notarán ya nuestros nietos
la mínima subida del termómetro.

Y los gestos de Greenpeace
o los de Ecologistas en Acción,
que a veces se encadenan
para exigir un aire respirable
y velar por los bosques y los ríos,
serán tan sólo cosas del pasado
que no valdrá la pena recordar.

La oscuridad sube del lodo

“ Siempre la claridad viene del cielo”
C. Rodríguez

Algunos afirmaron que el cielo es la mentira
azul de mucha gente, pues no es cielo
ni tampoco es azul,
aunque madrugue el sol
y traiga el día una canción redonda.

Y en la cosmogonía del silencio
vemos pasar el tiempo siempre raudo
frente a los ventanales de los ojos.

El fango es enemigo impenitente
y pone a contraola la esperanza
detrás de las cortinas de los siglos,
cuando escarcha en la piel estremecida,
cuando taladra las miradas tristes,
cuando llamas a todas las ventanas
y nadie te responde amablemente
para darle cobijo a nuestros sueños
que de tanto soñarlos se marchitan.

Hubo auroras, vendimias, vino nuevo,
pero ignoramos cuándo, fugitivos,
regresarán de nuevo a la conciencia,
como esas mariposas zigzagueantes
de cualquier primavera.
La memoria
nunca ha tapiado todos los balcones,
aunque a veces nos trazan celosías
donde se ocultan páginas de lunas
o el canto de los gallos sucesivos
preludiando la nueva madrugada.

Somos tribus errantes de esta feria
donde todo se compra o se mendiga,
con cifras y proyectos que alimentan
los insaciables ojos de los buitres.

El don de la poesía

“La poesía es un arma
cargada de futuro”
(Celaya dixit)

Hay poetas que afirman que es enjambre,
y hasta puñal de espuma muchas veces.

Aquellos que se tienen por muy doctos
llegan a etiquetarla de molesta,
como si fuera crónica utopía,
tal vez para librarse de sus versos,
que a veces llevan fuego en sus fonemas
y explosionan grafemas en los ojos.

Mas yo no estoy de acuerdo
con aquellos que afirman que es inútil,
y lo inútil tan solamente sirve
para adornarnos las estanterías.

También la Cenicienta de los cuentos
conquistó nada menos que a un gran príncipe,
aún siendo la más pobre de la casa.

Si es tan inútilmente bella
como bellamente inútil,
tal vez un día cualquiera
pudiera conseguir salvar del tedio
o la desesperanza y su amargura,
a una persona triste y desolada.

No ha de cambiar el mundo
-eso está claro-
pero puede ayudar a comprenderlo.

Qué huracán repentino de rosas y de alondras.
Ningún enamorado nos llamó como Tú”

Valentín Arteaga

En esta farsa de vivir deprisa,
los templos de los dioses se levantan
desde las fosas negras de la historia
para pintar el cielo a su manera.

Como la ortiga se aproximan cautos
a ras de suelo, siempre de costado.
Nos miran de soslayo, no de frente,
con ojos de codicia ensangrentada
cuando exhiben palabras zalameras
para vender productos de consumo
siempre al capricho de sus intereses.

Suelen brillar igual que las luciérnagas,
pero llevan sus alas desplegadas
para abarcar la rosa de los vientos
sin desbrozar jamás el horizonte.

¿Para qué levantar tantos altares
y alimentar los sueños inconclusos,
si todo puede estar predestinado,
y un pergamino cruel y sin escrúpulos
escribirá la historia a su manera,
sobre un poema ardiendo en nuestra frente?

“Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.”
José Hierro.

Tienen todas las cosas por costumbre
sus límites, sus plazos,
caducidad con fecha en el ombligo
y una pátina ciega en su estructura
que puede ser olvido sin remedio.

Siempre nos alimentan los recuerdos:
la casa, la familia, los amigos…;
aquel beso primero, apasionado
casi robado al día y a las horas,
entre los corporales de un domingo
con la pasión brincando por la sangre,
el cielo casi abierto en dos mitades
y las manos manchadas de pecados
oliendo todavía a chocolate.

¿Dónde reverdecer aquel contacto
de unos labios gemelos, tembloridos,
aquel rojo placer sobre la hierba
bajo la luz de todos los luceros
y nuestra adolescencia por testigo.

¿Dónde los pasos siempre acelerados,
el mar aquel, la espuma del abrazo,
las campanas, las islas de vocablos
que expresaban la dicha de un te quiero,
apenas sin fonemas perceptibles?

Siempre nuestros deseos,
antiguos como el mundo,
quieren reverdecer aquella brisa
o aquella plenitud sin condiciones,
hoy tan sólo las flores del recuerdo.
que un día iluminaron las miradas.

Nunca existieron Ítacas ni Arcadias
ni flechas que cambiaran el sentido
de aquel tren que tomamos cierto día
cuando la luz, tan sólo parpadeo,
nos abrió las compuertas de un útero ignorado.

La soledad, el miedo y otros muros

“Grité, grité y grité, mas nadie oía
en la noche cerrada a luz y sueño”
José Luis Hidalgo.

Hay días especiales de bonanza,
-esos que marco siempre en una agenda-
para que nos liberen de tormentas
y enciendan algún oasis que nos salve.

El mundo nos parece que ha cambiado
sus rumbos pertinaces, sus costumbres;
que el día es más azul y verde el valle
porque se abrió una flor en las palabras
y se vistió el cerezo con su traje
de fiesta o de primera comunión.

Y sales a la calle sin equipaje alguno,
con sólo una sonrisa entre los labios
y un verso de ilusión en los bolsillos.
Luego vuelves a casa silbando una canción,
porque has tenido suerte en el trabajo
y has aparcado el coche a la primera.

Pero escuchas de pronto en cualquier parte
que la muerte transita con sus ciegos fantasmas
dejando en sus caminos rastrojos de agonía,
de mustias soledades y otros muros
de olvidos y distancias que no terminan nunca,
y pesan como el miedo a esa pérfida víbora
que se enrosca al tobillo de su próxima víctima.

Entonces sólo puedes contemplar el paisaje
como el que mira al día con gafas empañadas
por la niebla que inunda el horizonte.

Después de tanta bruma sólo esperas
un verso floreciendo en tus bolsillos
para sembrarlo puro, sin metáforas,
antes que se levanten muros insalvables,
y el jilguero no pueda, aunque lo intente,
desgranar su canción a la alborada.

La voz de aquel poeta

Era el hombre más pobre de las tribus urbanas
que sembraba palabras entre la indiferencia.
Quería hallar el fruto en medio de la escoria,
pero su voz apenas era un eco
de mustios crisantemos por las calles

Un día quedó solo frente a un papel en blanco
y le cantó al amor de aquella novia
que escuchó los clarines de pasión en la sangre,
el dulce escalofrío del temblor en los labios,
o aquel verde deseo, cuando el sol abrileño
abrió en su núbil pecho arándanos en flor
y un torrente cuajado de cerezas
embriagó los sentidos en su piel de relámpagos.

Describió la tristeza de los niños sin nombre
o la flor que una madre puso un día en la frente
de una niña tan rubia como el trigo en verano.

Escuchó el soliloquio de la lluvia
que sostiene la vida en la tierra olvidada
cuando besa la nube con sus pétalos tibios
tanta sed refugiada en sus labios de espera.

Abrió sus versos rojos igual que una granada
y palpó la derrota inconsolable
en la estrella eclipsada de esas tristes muchachas
que perdieron su rumbo en un vuelo nocturno
desde el gélido invierno al brocal de la noche.

Intentó imaginar junto a John Lennon
el sideral enjambre de la música
envolviendo en la flor de su imagine
todas las sucursales del amor.

Les suplicó a los hombres acariciar la Tierra
con las manos ungidas de claveles y música
hasta inundar el aire de jazmines
y celebrar la vida con ojivas de asombro.

Les propuso a los pueblos la paz como un prodigio,
cangilones de versos, arroyos de poemas
para ensayar temprano una nueva liturgia
donde oficie el sochantre en los atrios del orbe
un coro de violines en clave de armonía.

Solamente la noche respondió a sus demandas
y las sombras tejieron sus latidos de miedo
mirando de soslayo el barro frío
donde ensayan gaviotas indefensas
una danza siniestra de aprender a morir.

Los nombres se quedaron sin gritar sus esencias,
los adjetivos fueron colores desvaídos
y los verbos de amar se diluyeron
en un pozo sin fondo ni regreso.

Y se quedó el poeta con ojos de penumbra
y mustias soledades temblando en sus pupilas
con la palabra rota y un nudo en la garganta.

Hoy vuelvo a reclamarte

Invoco tu presencia, como invoca
la tierra cuarteada un beso hermano
de la nube que venga a redimirla
con caricias del agua limpia y pura.

Y busco tu presencia ante mis ojos
para abrazarte siempre en esta ruta
donde pongo mis pies cada mañana
con mi avidez de ti por cada poro.

Aunque no te conozco, te propongo
que nos amemos hoy en la distancia
bajo la intensa luz de los cerezos,
para libar el zumo de estas flores
que han nacido como una bendición
detrás del manto frío del invierno.

Siempre será el amor como esa copa
que acerca lejanías en el brindis,
y nos devuelve puros a la vida
para escuchar la virgen partitura
escrita en pentagramas imborrables
sobre la eternidad,
y sin fronteras.

Los latidos del aire

El aire siempre lleva en sus latidos
un vestido de novia que pretende
entregárnoslo puro a la alborada.
Pero el día le pone la mordaza
con esa desazón inconsolable
del dolor que cabalga en cada paso
del mosaico diario de la vida.

El aire en sus latidos lleva quejas,
razones y lamentos que taladran
su corazón de ave. Se nos viste
con mil trajes distintos cada día,
pero sólo nosotros la vestimos
con nuestra moral torpe cuando abrimos
las llagas de su pecho con la lanza
de todas las distancias y fracasos.

A veces lleva el aire en su mochila
un coro de alegría, como nana
que penetra en la alcoba de puntillas
para besar la frente de los hijos
sin que nunca despierten de los sueños
que un ángel invisible les regala.

Nada existe más puro ni más bello
que los sueños de un niño en sus estancias
cuando la paz inunda sus pupilas.

Al abrigo de luces o de sombras

Otras veces el aire trasparente
entreteje la urdimbre con la trama
en una apoteosis de violines
donde triunfa el amor sin condiciones.

Y los mismos suspiros son caricias
que vienen puntualmente a rescatarnos
cada noche del pozo del silencio,
de tanta soledumbre, de los miedos
que cruzan nuestros ojos a deshora.

Pero viste hopalanda luctuosa
cuando la muerte afila sus colmillos
sobre un verso de cálida inocencia
y el diapasón de música callada
se torna inevitable desacorde
que inunda el corazón de sobresaltos
y nubla con su velo la alegría.

Entonces es la hora requerida
del bosque más frondoso del lenguaje
que acude a redimirnos con las sílabas
fragantes en sus labios de corolas.

La flor en nuestras manos

“Me pregunto qué es mejor
ser esencia o atributo,
un fruto que ha sido flor
o una flor que será fruto”
L. Kleiser

La verde brisa con su suave vuelo
nos trae entre sus alas otro germen
que fecunda la flor en nuestros ojos.

Pero si sopla un cierzo desalmado
y el granizo más cruel nos arrebata
la flor que presentía las cosechas
de amores y vendimias otoñales,
todo será un lamento irrestañable
de la yerta corola, de los sueños
que alguien apedreó con la tormenta
del huracán que arrasa lo que encuentra
en su cruento y brutal itinerario.

El desorden a veces es mimético
cuando viste su propia indumentaria
y esconde en su mirada la promesa
de levantar altares de ilusiones
en los atardeceres otoñales.

Pero el otoño es siempre necesario
-las hojas siempre aceptan su destino-
y su paso es un fiel caleidoscopio
que antecede al pavor de los inviernos
como signo de ley irrefutable,
metáfora del tiempo que nos lleva.

Entonces las palabras con su aldaba
intentan despertar los corazones
por si acaso durmieran confiados
entre los pentagramas de las horas
y el afilado rostro de las penas.

Que nunca sea tarde

Que nunca sea tarde
para alegrar el rostro de los niños
con su costra de miedo y de miseria,
cosidos a la muerte impenitente,
como la imagen de aquel niño Aylan,
que nos dejó sobrecogida el alma.

Que nunca sea tarde
para ponerle freno a esos caballos
que galopan ahora a su capricho,
nuestros patres conscripti.

Que nunca sea tarde
para cortar las densas hemorragias
de las guerras que arrasan a los pueblos.

Que nunca sea tarde
para atajar las penas y arrancarles
toda la soledad que llevan en sus garras.

Para seguir amando

La soledad encierra entre sus muros
la fe de los veleros
que surcan las fronteras del asombro
en busca de un levante
que despliegue sus velas, mar adentro.

Le sobran argumentos a la vida
para romper el cerco de la noche
e inventarse un rosal amaneciendo,
un palomar de lunas y arrecifes
al pie del agua límpida y sonora.

Sólo necesitamos
una hogaza de pan para el camino,
un ánfora de luz en nuestro pecho,
un clavel estallando en nuestros ojos,
una alforja repleta de poemas
y una mirada limpia, siempre clara.

“El amor permanece, a pesar de que mueran los amantes”

D. Thomas

¿Recuerdas? Del amor ignorábamos
todas sus desventuras, sus aristas,
porque éramos novicios, aprendices
del sentimiento plácido y sincero.

Fueron testigos de nuestra ventura
aquellas hirondelles o bateaux mouches,
bogando cual balandros de promesas
bajo la mansedumbre de la Seine;
y aquel Arco de Triomphe, con tantos nombres
de grandiosas victorias innombrables.

Y en el centro vital de las esencias
de aquel París de ensueño que ostentaba
la ciudad de la luz y libertades,
nuestro amor tan feliz y confiado
era fanal de luz incandescente.

El interior de nuestra certidumbre,
bordaba con la trama trasparente
y la urdimbre ideal de aquellas lunas
una alfombra de pétalos radiantes.

Entonces, no pudimos comprender
que el amor, si se agota, puede ser destructivo.

“Darle nombre a una cosa,
es crearla otra vez, una manera
de otorgarle la vida”

F. Mena Cantero

Qué tristeza en el alma sin amigos
como planta marchita sin el agua
que redima su sed desfalleciente
para darle a su tallo savia nueva.

Pero también es triste desconsuelo
la soledad de dos, sin la palabra
que fluya, como orquídea trascendente,
en la entrañable música apacible.

Qué estampas en la vida de los pueblos
rodeados de olvidos y distancias.

¿No es esta soledad un desencanto,
viendo pasar tan cerca falsos mitos?

El mundo de las palabras

Siempre vacío huecos en mi casa
para llenarlo de palabras nuevas,
las que acaricio siempre con mis manos
en las noches de mágico silencio.

Después llega la aurora de puntillas,
les abro mis ventanas a la luz
y soplo tiernamente sobre ellas
con la sana intención de convertirlas
en golondrinas, tórtolas, gacelas…

Por la tarde regresan muy alegres
a mis labios, mis manos, mis oídos,
porque les gusta recibir caricias
y recoger mi soplo misterioso.

Pero a veces entre éstas aparecen
palabras egoístas que pretenden
interrumpir mis sueños más preclaros,
sin que jamás les diera yo permiso.

Guardo también palabras casi niñas
que rezuman ternura.
Muchas veces
lloran, confusas, sin que yo consiga
apaciguar las causas de su llanto.
Son palabras humildes y sencillas
y, con frecuencia, fueron aprendidas
en la lejana escuela de la infancia.

Las amo cual si fueran hijas mías
porque me alumbran altos sentimientos,
esos que suelen ser tan recurrentes.

Muchos de mis amigos me censuran,
porque alegan que expresan utopías
que casi nunca suelen alcanzarse.

Y sin embargo, yo les doy cobijo
porque quiero tenerlas a mi lado
y salvarlas de múltiples desprecios.

También suelo escuchar, cuando el insomnio
impenitente acerca hasta mi almohada,
palabras consejeras de prudencia
que me piden la calma a todas horas;
que deje de inmiscuirme en los problemas
ajenos, pues no nos pertenecen;
y los problemas son de cada cual.

Y algunos me aconsejan
que mire hacia otro lado

Hay palabras que llegan como arpías
y suelen llevar sangre entre sus sílabas.
Aturden mis oídos con mensajes
de muertes sin sentido, feroces estadísticas,
que siembran la crueldad y la barbarie
con niños y personas, a las cuales
nadie quiere ni acoge en sus dominios.
Y transitan de un lado para otro
con un dolor al hombro y su mirada
lo mismo que una noche sin estrellas.

Estas palabras viles son la mismas
que vemos a diario en las imágenes
en cualquier noticiero o en las redes
y que muchos las llaman solidarias.
Son verbos incendiarios y malditos,
víboras que inoculan su veneno
cuando encuentran sus víctimas propicias.

He intentado mil veces expulsarlas
de mi casa cerrando mis ventanas,
mis puertas mis persianas y cortinas;
mas se empeñan, con todo su descaro,
en penetrar por la alta chimenea.

Con su furia despiertan a mis hijos
y me llenan la casa de inmundicia,
de náuseas y presagios insolentes.

“En mi jardín de llantos y de penas
ponen luto en su olor las azucenas
sobre un lindón de soledad sombría”

Santiago Romero de Ávila

Ayer me acompañaron palabras moderadas,
decididas, intrépidas, valientes…
Lograron insuflarme savia nueva
para empuñar las riendas necesarias
que ahoguen la pereza, todo el miedo
que nos hace vestir de indiferencia;
y pensamos entonces, fríamente,
que nunca nos afectan sus mensajes.

Me han llenado mi agenda de consejos,
y tengo que cambiar a toda prisa,
porque desean ser bien escuchadas
-no solamente oídas, que es distinto-
e incluso hasta varían su semántica
según sea su estilo y procedencia.

¿Hemos de hacerles caso
a cuantos aprobaron con nota de cum laude
su máster de avaricia y de lujuria?

Sin embargo,
voy a salir al ruedo de la vida
para encontrar palabras que dormiten
en amables rincones de mi casa.
porque aún me queda sangre en rebeldía
y las musas teclean mi conciencia.