“El mundo encierra la verdad de la vida,
aunque la sangre mienta melancólicamente
cuando como mar sereno en la tarde
siente arriba el batir de las águilas libres”

Vicente Aleixandre

SOMBRAS…

Sombras de tantos sueños despeñados,
sombras que crucifican las miradas,
sombras en las columnas de la historia,
sombras que nos devoran la alegría
y siempre sombras, sombras, sombras…, cuántas sombras.

LA CIUDAD LABERINTO

I

Reverbera el asfalto. La ciudad clamorea
como una alegoría de anhelos despeñados
y mancillados sueños bajo las anchas alas
de un buitre gigantesco que planea
su vuelo circular sobre las horas.

Van las manos cual leves golondrinas
ateridas, cansadas, por el perfil del tiempo,
y se alza la mañana como un escalofrío
y un aire tan viciado que se adentra
en las dársenas frías de las horas.
Duele la soledad. Los corazones
peregrinan por calles y avenidas
al ritmo que les marca su esperanza.

Llevamos a la espalda
un hatillo de luz donde se aloja
la obstinación de tantas primaveras,
las densas amarguras cotidianas,
las lágrimas silentes deslizándose
por las mejillas de los desencuentros,
ese mosaico frío de las formas
que la vida entreteje a cada instante.

Y las horas, cansinas, discurren lentamente
y a la vez fugitivas, sin la dulce
mirada de cristal de los que pueden
convertir pesadillas en los sueños
que restañen, por fin, tanta indigencia.

II

Un secreto dolor nos da cobijo
y la sonrisa de los niños alza
cometas de colores al azul mediodía
en una plenitud que es apariencia,
pues bajo el mismo sol y ese torrente
de bocinas, de ruidos, de congoja…
el corazón espera inútilmente
la respuesta que nadie viene a darle.

La prisa nos devora y en la acera
puede morir un hombre sin que nadie
se acerque a preguntarle por su nombre
o qué marcó la ruta de su suerte.

Pregona la ciudad el griterío
de formas y colores que se cruzan
en un calidoscopio de naufragios
entre las espirales dulces de la muerte.

Poco le importa al pobre que reclina
su crónico vivir a la intemperie
de todo el desamor, que haya una huelga
de los transportes públicos.
Poco le importa al músico indigente
que el gobierno de turno
nos prohíba fumar en centros de trabajo.
Él nada tiene suyo, pero al menos
le queda algún adarme
de libertad durmiendo en su mochila.

III

Marchamos por la calle
rumiando soledades, masticando miedos,
las dudas que limitan nuestros pasos.
El aire irrespirable nos sumerge
en medio de una selva que edifica
sus ídolos de arcilla,
los dioses que levantan
su Olimpo entre los hombres,
erguidos en peanas y oropeles
donde todo se vende, donde estalla
el glamour de la noche almibarada
entre cómplices guiños de sirenas
que nos brindan a coro
tanta felicidad a bajo precio.

Todo parece de color de rosa
detrás de las ventanas de los días
y la ciudad cabalga
por ciegos laberintos sin salida.

AQUEL PRIMER VAGIDO

Esta ciudad debió mostrar un día
su latido inicial, su geografía
desvelando el paisaje
el primitivo rostro de los sueños
vestidos de colores y agua clara
para las abluciones de los besos
en la floresta de la fantasía.

Esta ciudad pintó sus alboradas
con el carmín de labios de fragancia,
con su núbil belleza primigenia
cuando la brisa desveló su cántico
y el zumo de la flor en su mirada.

Esta ciudad bebió en los hontanares
de la nieve no hollada todavía.

Hubo un tiempo de música serena,
cuando bebían en la misma fuente
los pájaros azules de la infancia,
cuando una lluvia amiga
santiguaba la piel de los caminos
con un blanco jazmín para la fiesta
de todos los sentidos. Era el tiempo
de inaugurar las huellas de los hombres
sobre el trébol de sol hecho silencio.

Una orla de estrellas alfombraba
el cristal de la noche estremecida.

EN EL MOMENTO DE MI DESPEDIDA

Un día llamará a mis ventanales
él último crepúsculo
de una flecha sin nombre ni apellido
y prenderá su alfanje en mi costado.

Entonces temblará mi piel sobre la tuya
y no veré tu rostro desvalido,
pero quisiera hacerme
acacia de tus días,
caracola en el mar de tu gentío
que pasa frente a frente sin rozarse
apenas la mirada, una sonrisa.

Desnudo partiré hacia tus entrañas
con versos derrotados. Mi poema
será tan sólo pasto de tu olvido
y relojes sin tiempo ni distancia
ocultarán el brillo de tus ojos
carentes de violines y arco iris.

Yo quisiera tus dedos en mi espalda,
tu alegre despedida por los puentes
donde afloran los ríos del recuerdo
en la postal indómita del mundo.

¡Tendremos tanto olvido por delante!

Mientras tanto serás mi compañera,
la amante infiel que nunca reconoce
ser de todos, de nadie al mismo tiempo.

No importará tu rostro de pantera,
sino sólo la sangre en rebeldía,
la memoria imposible de tus besos
y tu arrogancia de mirada informe.

Hasta que llegue el tiempo requerido,
devuélvenos tu rostro más humano,
tu gesto maternal más entrañable
con flores de azahar para el encuentro
en el tálamo fiel de otros paisajes.

NÓMADA DEL ASFALTO

I

Un hombre marcha errante por la vida,
nómada del asfalto intempestivo.
A sus espaldas lleva
un fardo de amargura inconsolable.

Su novia fue una estrella muy lejana
que traicionó su amor aquella noche
de abismal soledad y duermevela.
Por eso, al filo de la madrugada
regaló su guitarra a los jilgueros
y se vistió de pena y desencanto.

Lleva un tul de impotencia en su mirada,
un emplomado miedo zurciéndole los ojos
con punzante tristeza.
En la cuenta de amor que está a su nombre
sólo hay números rojos de terca indiferencia.

Pero anidó en el haz de sus pestañas
una alondra de luz y poesía
y una lluvia de amor como un enjambre
circuló por el cauce de sus venas
para impulsar el rumbo de sus pasos.

Desde entonces,
es amigo del sol y de la lluvia,
de la fuente del parque y las palomas.
Va regalando por la calle versos
que todos le rechazan
alegando que llevan mucha prisa.

Los niños le acompañan a diario,
y él les narra leyendas, aventuras
de un lejano país de ensueño y nieve
con gnomos, esmeraldas y gacelas.
Y les habla de soles y cometas,
de gaviotas, canciones marineras
y suspiros del mar en plenilunio.

II

¿Qué profundo misterio impenetrable
esconde la mirada de este hombre
que lleva en sus bolsillos
un alud de tristeza y desengaños?

Nadie sabe su origen ni su historia,
ni siquiera su nombre. Algunos dicen
que tan sólo es un joven peregrino.
Otros piensan que es hombre misterioso
que lleva en su maleta deslucida
toda la soledad, toda la pena;
el último romántico que intenta
mostrarnos inefables alboradas.

Su mirada es orquídea del asombro
y rehúsa la sucia calderilla
que le ofrecen algunos a su paso
para comprar parcelas en el cielo.

¿Es acaso un poeta originario
del país de la luz y la armonía?

* * *

Hoy han dicho en la tele:
“Un juez ha condenado de por vida
a un loco soñador que pretendía
derribar este mundo y rehacerlo”

CON LA MISMA TRISTEZA

Hoy se adentra en mi pecho la tristeza
y sufre la alegría entre mis labios,
porque no acierta a retener la sangre
esa ebriedad de amor que cada día
renuevo en la esperanza, cuando luce
el sol en mi ventana, y me sucedo
con la misma verdad en la mirada,
con el mismo dolor entre las manos,
con la misma inquietud que me producen
los rotos sentimientos, las noticias
que llegan a mi casa con imágenes.

Siguen mostrando sangre los periódicos
y la voz del poeta acude pronto
a plantar la palabra que despierte
la voz del corazón que se ha dormido.
Pero todo es inútil. Casi todo.

¿Acaso firma el tiempo algún secreto pacto
con esas espirales de la sombra
haciendo que sea inútil
el vuelo ascensional de las palomas?

CON UNA ESTRELLA AMIGA

Pese a todo, renace la palabra
sobre un papel en blanco y alza el vuelo
para alumbrar la luz de otros parajes
de dormida ilusión, de mitos rotos
en la ciudad ingente del olvido.

Ayer tuve una cita con una estrella amiga
y era verde fuego igual que un beso
sobre la piel del alma enamorada.
Después trajo el otoño la caricia
de una balada azul de mosto y lluvia
y un búcaro de amor con el incienso
para aromar con él esta hornacina
del corazón surcando los caminos
hasta encontrar la fuente que mitigue
esta sed cotidiana tan profunda.

Después me he detenido unos instantes
a contemplar las cosas necesarias
al hombre posmoderno: el becerro de oro,
los últimos modelos que salen al mercado,
el elixir de eterna juventud,
los altivos gigantes de hormigón
o la ciudad del ocio deslumbrante.

Y esperando, la Tierra languidece
como perro que lame su agonía.

FUTURO

Sobre el tapiz ingrávido del alma
tendremos que librar una partida
contra nosotros mismos,
tal vez para hacer tablas solamente.

Será preciso entonces
retener en las manos suplicantes
esa inerme canción de notas blancas
que brincó por la sangre alborozada
como una melodía de colores
buscando una salida hacia la aurora
para brindar con vino adolescente
en un viejo café de los bohemios.

Desnudos de equipaje partiremos
a la región ignota del silencio
donde nuestra ignorancia sólo puede
esperar el futuro más incierto,
por si la luz quisiera repetirnos
o ser vacío, nada. Sólo eso.