GOZOS Y HUELLAS DEL PAISAJE, Onofre Rojano, Ediciones Vitrubio, Colección Baños del Carmen, Madrid 2010.
Onofre Rojano es un poeta nacido y residente en Sevilla, ciudad en la que viene desarrollando una intensa labor poética desde hace más de cuarenta años. Ha publicado una veintena de libros aproximadamente, muchos de los cuales han sido merecedores de importantes galardones como el “Francisco de Quevedo”, “Juan Alcaide”, “Orippo”, “Bahía”, “Villa de Benasque”, etc. Además de la poesía cultiva también otros géneros como el teatro o la poesía infantil, y es fundador del grupo poético Barro y de las colecciones Vasija y Brevior.
Gozos y huellas del Paisaje es un libro escrito desde la contemplación del paisaje que expresa con exquisito lenguaje las huellas que va dejando en su espíritu esa recreación de una naturaleza prístina y salvaje en la que busca una felicidad difícil de encontrar entre el bullicio de las grandes ciudades. El libro se compone de dos partes, en la primera de las cuales- subtitulada “Pirineo espiritual”- late ese fervor de íntimo recogimiento ante una naturaleza que va presentando diversos matices a lo largo de las horas litúrgicas, con un sabor de rica espiritualidad apoyada en los componentes espacio-temporales. El poeta se acerca a es “Pirineo espiritual” con el sano propósito de desnudar su espíritu y encontrar ese equilibrio entre vida y naturaleza: “Vengo con la mochila honda, retenida/ a la espalda que rige mis extremidades,” cargada con la angustia que siempre/ me asfixia y me sofoca/ cual un enfermo grave ingresado en la UCI”
Los referentes externos abundan en originales descripciones de los elementos contemplados que alcanzan vida propia en esas huellas que dejan en el espíritu contemplativo, con una deslumbrante adjetivación alejada de tópicos, y que busca esa felicidad interior liberándose de la realidad de la propia existencia: “Quiero lavar mis labios,” las obstruidas arterias y mis nervios, “ y volver al espejo brillante de la infancia…
A lo largo de todo el poemario se percibe la hondura de los sentimientos del poeta, impulsado por una fe religiosa hacia la contemplación de la luz. “Vive Dios, el silencio de la tarde/ cuando planean ágiles vencejos- “dorados a estas horas-“ la mancha de las sombras.” De este modo se establece un diálogo permanente entre el poeta y la grandeza del Creador, un encuentro místico en el que la existencia se ve envuelta y arropada por ese Tú que representa la auténtica Luz.
Hay referencias concretas a lugares del Pirineo, como el pueblecito de Aínsa, la iglesia románica de Sant Climent de Taül en Lleida, el majestuoso monasterio de San Juan de la Peña, donde el poeta se adentra en silenciosa oración, siempre en esa búsqueda interior de la Luz a través de la palabra y el silencio íntimamente sentidos: “Dejo el silencio vibrar en mis oídos”/ como un ave magnífica que escapa” por las leves campanas de la torre/ absoluta.”
La segunda parte del libro insiste en esa búsqueda constante del sosiego espiritual tan presente en la poesía mística. Ahora la naturaleza se reviste con el ropaje de iglesia románica, con las piedras como testigos mudos de la historia en forma de cinco capiteles que son como cinco sacudidas bellamente expresados en otros tantos sonetos que expresan ese arrobamiento místico en la que el poeta viene a refugiarse. La Niebla, la Cascada, el Ciprés, Peña Foratata o el Atardecer son símbolos que vienen a representar el último fin del hombre, en el itinerario de la singladura humana, que de un modo tan bello y poético nos trasmite Onofre Rojano en este libro.
Luis García Pérez
