Los dedos de la sombra, de Manuel Laespada Vizcaíno, Premio “Mario López” 2.006, Bujalance (Córdoba)

Desde el poema inicial, con esa “Aproximación a la poética”, Manuel Laespada deja traslucir la magia de la palabra como asidero para entrever el mundo a través de la niebla y los silencios, acaso para salvarnos, pero también para hacernos debatir entre “la flor y la herida” con sus idas y venidas; para cautivarnos con un misterioso alumbramiento y a la vez dejarnos esos territorios desnudos o vacíos que no nos pertenecen. Y aunque las musas “nunca lleguen a estar de nuestra parte”, la tentación de la poesía es algo insoslayable, algo en lo que el poeta siente la necesidad de sumergirse, siempre con la intención de sorprendernos ante ese prodigio que ni siquiera sabemos si es levitación, plenitud o una forma de acallar nuestra concienjcia.: “Así llegamos hasta la poesía/-igual que hasta el pecado-/ y cantamos al hombre, a la piel/donde siempre quisimos extraviarnos/ para dejar la soledad vencida…”

Precisamente la rendición ante lo que no llegamos a ver , pero sí a intuir, es lo que nos hace salir de la rutina, abdicar de nuestros pasos y buscar refugio en la ensoñación, eso que a veces huye de nosotros como una sombra y otras veces se nos acerca como “olas que nunca se detienen” Y es que M.L está apostando por romper con esa desacralización de la vida que viene a imponer el desconocimiento, esa envoltura de las sombras que es lo mismo que el miedo al vacío, esa impotencia para aprehender todo cuanto se refugia en el silencio-sombra que viene a hacerse distancia, en definitiva, nada. Es la lucha constante del poeta- y del hombre en general- con nuestras propias sombras, siempre condenados nuestros ojos al poder de la duda, del misterio..

Alrededor del hombre se cierne su propio abismo, la ceguera, la noche como una permanente condena, adonde llegamos por los caminos de las sombras, aunque a veces este desconocer, esta ignorancia de nosotros mismos pueda significar la única esperanza, esa esperanza donde “se inmolan las palabras y la luz.”

Manuel Laespada recrea con auténtica maestría ese mundo contradictorio que es consecuencia de no dejar fluir las cosas por sí mismas, lo cual se convierte en “Campo de batalla” porque encanallamos la palabra contra toda razón y por ello “la sangre se hizo flor,/ trepó la muerte/ hasta los pies descalzos,/ frágiles, del viento, / cual un invierno lento e infinito.
M.L. consigue a lo largo de todo el poemario una extraordinaria atmósfera lírica, con una sutil manera de atribuir al hombre la alteración de la armonía, el dolor, el olvido bajo la piedra y por eso “lloró flores la nube esa mañana” y el hombre, siempre el hombre, rompe ese equilibrio y devuelve “pétalos ajados” Con una poética de hondo calado, el poeta vuelve sobre su idea central como rozando con las palabras justas esa tensión afectiva y dialéctica a la vez entre la belleza y la realidad. Por eso nos dice que “hicimos hombre al ángel(…) para secuestrar sus alas y su cielo” que es tanto como decir por nuestro egoísmo, aunque en el fondo siempre hay momentos para el arrepentimiento arrojando de nuestro lado el monstruo que nos habita. En definitiva, siempre luz y niebla aflorando en el poema en una dicotomía de altos vuelos, por el magistral uso que el autor hace de la palabra en este bello libro.
L.G.P