Lema: “Planeta azul”
Querida Madre Tierra:
Te he escuchado girar sobre tu eje
al tiempo que el buen sol te acariciaba,
y he notado también en tus latidos
el maltrato que el hombre te infringía
con tanta incomprensión, con el pretexto
del humano progreso necesario.
Y he visto perturbar tu gentileza,
tu prístina pureza, lozanía
de tus montañas, de cancán tan verde
como una madre que amamanta al hijo
con su pecho de amor y tanta entrega.
Muchas veces quizás, preferirías
borrar las malas huellas de tus hijos
para ataviar de nuevo tu cintura.
Quisiera ser vigía de tu altura,
acariciar tu rostro con la yema
de mis dedos, querencia del destino
que late en tu cintura labradora.
Y quisiera plantar en tus bancales
aquella melodía primigenia
que mancillaron mentes invasivas
sin escuchar tus gritos indefensos.
Que el viento mensajero vaya y venga
con pétalos de lírica armonía
por tus predios de amor correspondido,
para que el campo y la ciudad se bañen
en el pecho de brisas sin mancilla,
donde la paz se vista de azucenas.
Aquel vagido antiguo de la lluvia
perfumaba tus valles y tus ríos
de virgen trasparencia, que regaba
el sustento del hombre con los frutos
que tú nos regalabas gentilmente.
Y la aurora llegaba jubilosa
para lucir la fronda de tus bosques,
y los peces dorados en arroyos
donde la luna siempre acostumbraba
a ensayar algún tango cada noche.
Eran tu flora y fauna melodía
que inspiraba las musas del poeta,
con aquel parloteo de los pájaros
en tus rotundas primaveras verdes.
Y el mar era un patriarca siempre joven
interpretando, al ritmo de tus olas
una oda de amor correspondido.
Los bosques eran verde profecía,
inmenso corazón puro y frondoso,
la floresta de un tiempo venturoso
coronado de paz y fantasía.
Era el trino de alegre algarabía:
madera, sombra, mundo prodigioso
que brindaba a la Tierra el delicioso
pentagrama de dulce sinfonía.
Todo ofrecía luz en su paisaje,
y frutos que el amor nos regalaba
sobre la faz de un lírico ramaje,
porque la nieve, siempre con su aldaba,
y vestida de novia, blanco traje,
en la verde campiña dormitaba.
“Allí vivisteis. Allí cada mañana presenciasteis la Tierra,
la luz, el calor, el sondear lentísimo
de los rayos celestes, que adivinaban las formas…”
Vicente Aleixandre.
La lluvia está empapando la campiña,
y escucho los latidos profundos de tus sienes
sobre la sed profunda de los árboles.
Llevan los transeúntes la prisa en su mirada,
y los paraguas forman un paisaje,
de múltiples colores.
Parece que quisieran
sembrar en las aceras las semillas
de todos sus deseos incumplidos.
Las hojas amarillas ensayan por los parques
un vals que nadie mira fijamente,
mientras muestran los árboles
su calvicie otoñal. Y entre sus ramas vemos
los nidos de los pájaros, cual manchas de tristeza.
Y añoramos la verde algarabía,
los violines del agua trasparente,
convertidos ahora en los compases
de vertidos infames y mudas partituras.
Tal vez fuera algún dios de pura envidia,
bien pertrechado al borde de la espera,
el que te hirió con su crueldad maldita
en medio del silencio de la noche.
He seguido tus pasos silenciosos
viendo cómo cruzabas los páramos del orbe
y he respirado el aire de las grandes ciudades
con el sombrero gris de este progreso.
Por los acantilados, donde rompen las olas,
hay regueros de peces plateados
con su dorso manchado de inmundicia.
Te he visto sollozar desde tantas ventanas,
abiertas al conjuro de la noche,
cuando te es imposible quedar indiferente,
ante la voz siniestra de las tercas pantallas
que anuncian las malditas estadísticas
de muertos en las guerras que no terminan nunca;
o los que nos dejó el asfalto cualquier fin de semana,
mientras solemos siempre mirar hacia otro lado,
con todas tus banderas ondeando a media asta.
Nos bombeas la vida a cualquier hora,
latido tras latido, desde el centro
de tus ríos y valles perfumados
de arco iris y nieve arrebolada.
Eres dulce manzana que madruga
plena de abnegación, plena de música
en los meses radiantes de cerezas
o la mies en un parto de trigales
para la ofrenda virgen de tu pecho,
galeón emergiendo de ti misma
para el rito ancestral de tu bodega
que brota de tus senos por los surcos
pacientes de tus días y tus noches
bajo lluvias de pétalos y espigas.
“Dichosa edad y siglos dichosos a quienes los antiguos pusieron el nombre
de dorados(…) y lo único que había de hacer quien quisiera comer era alzar
la mano y alcanzar su sustento” (El Quijote, I, XI) de su discurso a los cabreros.
Esta ambición tan ciega del progreso
aprisiona con saña las violetas,
y todo es servidumbre
al becerro de oro vergonzante,
de espaldas al fulgor de la naturaleza,
que sabe de la paz más que los hombres.
La vida se nos viste de nostalgia
y añoramos las cosas tan distantes,
por no escribir en fieles pentagramas
aquella partitura que la brisa
anotó en tus mejillas cenicientas.
Al llegar la alborada contemplamos,
de espaldas a la luz que nos convoca,
que todo el desvarío es un alfanje
que nos quiere llevar a un precipicio
donde viste la noche negro velo.
Poco importa la música del cosmos,
que el viento vaya y venga perfumado
por el zumo ascendente de las flores,
si no plantamos, de una vez por todas,
el girasol del alma en los balcones
de nuestra Tierra Madre, sol adentro.
“Estamos abusando del medio ambiente, y en vez de ser beneficiarios
del progreso, seremos sus víctimas”
R. Redford
Las hachas incendiarias
de seres desalmados, como el vuelo
de sedientos vampiros,
irrumpen con sus llamas destructoras
y escupen en los bosques confiados
todo el veneno que en su mente habita.
Huyen despavoridas las alondras,
las gacelas, las liebres, las perdices…
y el humo irrespirable se alza denso
con los negros colmillos desalmados
de manos incendiarias que envenenan
su honor y su vergüenza, en los abismos
de su ira malévola, infamante.
Los recuerdos a veces nos confortan
si ayudan a vivir plácidamente
aquello que la vida nos regala:
la escuela, los amigos, algún viaje,
un libro, una canción, tal vez el primer beso,
o aquella tierra amiga de juegos infantiles,
donde después se alzaron edificios.
Pero la Madre Tierra nos ampara
y nos enseña, gratuitamente,
verdades que olvidamos los humanos,
cuando el becerro de oro se interpone
entre el amor, y el triunfo pasajero.
Resulta saludable reírse de las cosas
que tanto perseguimos los humanos:
el yate más lujoso, el último modelo
de móvil que ha salido en el mercado;
el elixir de eterna juventud,
pues L ´Oreal realza tu belleza,
y, sin duda, a diario lo escuchaste:
“Si sueñas, ya lo sabes… loterías”.
“Aunque los amantes se pierdan, quedará el amor”
Dylan Thomas
Antes de que el olvido recurrente
comience a tristear mis alas rotas,
y los altos balcones con geranios
en noches estrelladas clausuren los misterios
que un día no lejano contemplamos,
quiero hallar los colores de un idioma que cante,
verdades del amor hecho poema.
En las íntimas horas del presente
una estrofa, tal vez, ponga su acento
en encontrar la savia que redima
a todos los que viven porfiando
por encontrar las manos del rey Midas,
para que colme todos sus deseos.
¿Pero, es posible que la propia dicha
esté en el interior de nuestra mente?
Y los poetas somos desde siempre
los pobres de las tribus, aunque a veces
podríamos salvar a una persona,
sentada en cualquier banco, deprimida,
con un clavel ya mustio entre sus dedos.
y su esperanza muy desmoronada.
“Puesto que la tierra nos acoge, bien nos quiere”
D. Quijote a Sancho, al ser descabalgado nuestro hidalgo.
Si la Tierra nos niega su cobijo
de madre bondadosa, ¿quién podría
regalarnos sus frutos milenarios?
Si la Tierra no preña sus raíces
con la savia nutriente por sus venas,
la vida rompería credenciales
y el hombre ya sería sólo barro,
hojarasca de mudos esqueletos,
anunciando, sin duda, la ceniza
o el vértigo final de este horizonte.
Pero la Tierra aún sigue girando
y quiere poseer un aire puro
para no ser madrastra rencorosa.
“Ahora sé que la nada lo era todo”
José Hierro.
Regreso a contemplar la orografía
de tus bosques heridos por tus hijos,
y tu fragancia abraza nuevamente
la música serena, cordón umbilical
para soñarte libre de toxinas
y tu piel imantada de jazmines,
esperando los ojos de la aurora
que quiere iluminar tu anatomía
y clausurar las sombras de los siglos.
Tu seno es un secreto impenetrable,
tan hondo como el límite sin rumbo,
capaz de contener el universo,
el átomo infinito de tu historia,
que viene a rescatar todos tus mapas,
desde todos los puntos cardinales.
“Muchos países subdesarrollados se convertirán en vertederos radiactivos
y de residuos tóxicos que convertirán sus bosques en desiertos”
(Tomado de los periódicos, agencia EFE)
La lacra de un progreso irreflexivo
surgió de negra caja de Pandora
y propagó con saña destructora
el ingente peligro radiactivo.
Este dragón fatal y sorpresivo
nos muestra su crueldad devastadora
en los residuos de incineradora
que destruye el paisaje primitivo.
Un jinete de rostro sin mirada
cabalga a lomos de la madrugada
desgarrando la brisa de tal suerte,
que en los surcos del tiempo se respira
un viento epilogal que sólo inspira
la fría paradoja de la muerte.
“El hombre sabio puede cambiar de opinión, el necio nunca”.
M. Kant
Amada Tierra nuestra:
En el jardín de mi casa
cultivo un árbol amigo
que habla siempre conmigo
de todo cuanto le pasa.
En el jardín de mi casa
hay mil rosas encendidas
que me brindan complacidas
belleza y amor sin tasa.
En el jardín de mi casa
ha surgido un cardo cruel,
amargo como la hiel
que hasta el alma me traspasa.
Árbol, rosas, cardo,… suelo,
frutos, fragancias y espinas,
son semillas peregrinas
de tu corazón en vuelo.
***
Y es que tu corazón en la penumbra,
tal vez nos deje aquello que sembramos,
pues las ortigas siempre fueron viles
y a rastras se aproximan tan impunes.
En medio de esta vieja incertidumbre,
a lo largo y el ancho de los siglos,
existieron labriegos virtuosos,
pero también licántropos sin alma,
sólo sembraron odio en sus premisas.
“La ciencia sin la fe es coja,
pero la fe sin la ciencia es ciega”
Einstein.
Caminando también sobre tu lecho,
bajo la densidad de tus crepúsculos
llegaremos, por fin, a tus confines,
cuando el alba despeje los misterios
de ese girar por órbitas pactadas
donde tú eres, tal vez, la novia eterna,
del sol y de galaxias que ahora pueblan
la majestad de todo el Universo.
Y sin embargo no eres una anciana
decrépita, ni mueres lentamente,
porque llevas tu savia y energía
para seguir amando a tantos seres
con el aroma de tu azul mirada,
redonda de emoción, desde el abrazo
y cumples toda ley de la naturaleza.
Tiene la Madre Tierra, todavía
la fuerza contra el rictus de la pena
para alzar las compuertas de la arena
que pretende robarnos su alegría.
Y a pesar de su astral melancolía
y de tanta maldad, eres tan buena
que en tu frente, de frutos siempre plena,
florece tu ancestral filantropía.
Arterias de perdón orlan tu frente,
ríos de una verdad, aquí y ahora,
desde el alba inicial hasta el poniente.
Contemplad su mirada soñadora
como Madre fecunda y diligente,
suplicando el amor desde su aurora.
“Rosa, oh pura contradicción, voluptuosidad de no ser
el sueño de nadie bajo tantas pupilas”
R. María Rilke.
Hoy le pido a las nubes que derramen
sobre esta tierra triste y desolada,
una lluvia esponjosa y diligente
donde la luna riele sus pestañas
y el corazón de tierra se haga fruto,
trigales de pasión, canción de nata;
no en turbiones de gesto enfurecido,
sino como apacible madrugada,
como rosal de luz, como caricia
de esta tierra febril tan despreciada.
Que el agua fluya limpia para todos,
para los niños con su sed clavada
en sus ojos de pena estremecida
sin caricias, sin pan…sobran palabras.
La noria de los días llenó sus arcaduces
de sombras corrompidas lo mismo que un espasmo
de lágrimas yacentes detrás de las montañas.
Vimos volar los buitres con un escalofrío
y el grito de un poeta abandonó la Tierra
para hacerse cometa de sueños imposibles.
Y terminó cayendo sobre el granizo frío
lo mismo que un harapo manchado de tristeza.
El aire verde de cercanas lomas
precipitó su cántico bajo un cielo de otoño
y hubo que refugiarse en el silencio
de la noche profunda con presagios de fiebre
que escupía sus dudas y rencores
en el caz obstinado de un invierno nostálgico.
De la infancia venía un rumor de campanas,
un jardín de cerezos y el rumor de cristales
de una fuente cercana. El zumo de las flores
era ya sólo el eco adormecido
de un horizonte viejo como el mundo;
y en la escollera de los desencantos
crecieron pesadillas de un presente marchito
que se resiste a ser sólo ceniza,
materia vulnerable de añejas utopías.
Vimos volar los buitres con un escalofrío
y el grito de un poeta abandonó la Tierra
para hacerse cometa de sueños imposibles.
Y terminó cayendo sobre el granizo frío
lo mismo que un harapo manchado de tristeza.
El aire verde de cercanas lomas
precipitó su cántico bajo un cielo de otoño
y hubo que refugiarse en el silencio
de la noche profunda con presagios de fiebre
que escupía sus dudas y rencores
en el caz obstinado de un invierno nostálgico.
De la infancia venía un rumor de campanas,
un jardín de cerezos y el rumor de cristales
de una fuente cercana. El zumo de las flores
era ya sólo el eco adormecido
de un horizonte viejo como el mundo;
y en la escollera de los desencantos
crecieron pesadillas de un presente marchito
que se resiste a ser sólo ceniza,
materia vulnerable de añejas utopías.
Sobre el tablero de esta vida escribo
manojos de poemas con pétalos inútiles,
con esa desazón que me produce
la diaria impotencia de ser tan sólo un número,
testigo presencial de tantas cosas
que invaden mis sentidos a deshora.
Si levantáis ahora la mirada
veréis un mar lejano, taciturno,
el lento discurrir de las luciérnagas
en los escaparates que la vida
tendió cualquier verano ante nuestra mirada,
hacia los frutos nuevos, primicia de los días
donde jamás alcanzan tantas manos
la plenitud de sueños inconclusos
por más que se prolonguen sus brazos anhelantes.
Alguien pudo sembrar en los caminos
la orquídea pasajera de algún sueño
sin límites concretos. Pero pronto
creció la enredadera de un funeral espejo,
la sombra delatora de nuestra incertidumbre,
y en el brocal del pozo que nunca ha visto el día
lloró la soledad su desconsuelo.
Ahora navegamos sin rumbo ni horizonte
con niños temblorosos cosidos al destino.
Somos sólo remeros en bocanas de un puerto
contemplando en la caja cotidiana
las hazañas de tantos diosecillos
que levantan pasiones contrapuestas.
El alma se atavía de relámpagos
y asidos al silencio de las horas profundas
vamos viendo los nidos ya vacíos
que el tiempo ha convertido en manchas injuriosas
sobre el árbol herido de nuestra arquitectura.
Los padres de la patria con su oratoria hueca
prometen imposibles paraísos
y crece su nariz tan desmedidamente
que casi nadie ignora de qué brazo cojean.
Es posible que un día, de repente,
encuentres el vacío entre tus manos,
el ERE que te deje la frente desolada
y el frío del invierno en tu costado.
Y ya sólo nos queda la opción de alguna espera
para que certifique cualquier sentencia absurda,
tal vez en ese magma de barro impenetrable,
mientras sobre la piel de la esperanza escarcha
y el corazón, sumiso, contempla el espectáculo.
Aunque lluevan los versos sobre la indiferencia,
seguimos siendo libres escribiendo,
tal vez para salvarnos, hasta que llegue el día
de un examen de amor que acaso pueda
rescatarnos de olvidos y distancias.
